Nuevos heroísmos
En la mayoría de las plazas del país se le rinde culto al guerrero, el bronce a su memoria nos recuerda una historia tachonada de batallas y heroísmos ganados con la espada. Estos héroes, precursores de nuestra república son hoy mal encarnados por los chafarotes de nuevo cuño: los primeros ocupan merecidamente un sitio en el pedestal del orgullo patrio y quienes los emulan se han convertido en el azote que nos congela como pueblo, impidiéndonos mayores desarrollos en democracia.
Colombia precisa de nuevos héroes, los de la paz y el “posconflicto”, que reivindiquen más la pluma y la palabra. Los maestros y maestras tienen que representar por antonomasia esos nuevos liderazgos, que por sus implicaciones históricas, están llamados a generar un proceso político y cultural que permita la transformación visceral de la realidad colombiana y sacarnos por siempre de la caverna de la guerra.
Este proceso se logrará paso a paso, con su sapiencia en los entornos sociales donde actúan, se debe construir sostenidamente para cultivar o destacar una generosa legión de maestros por la paz, que interactúen con su comunidad educativa en la perspectiva de agenciar la construcción de una nación incluyente, sin violencia.
Si la ignorancia y el odio han constituido vertebras dorsales del vórtice de la violencia, la educación y una nueva cultura democrática serán la auténtica garantía de no repetición, de no volver al pasado a riesgo de convertirnos en estatuas de sal. Quién mejor que un sector social tan poderoso como los maestros para liderar este proceso disruptivo y progresista. La paz es el mayor desafío democrático de la época. El lápiz tendrá que remplazar el fusil y los heroísmos civiles a los guerreros, estos relevos apuntarán a un país más justo.