Oda al celular

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En la pasada columna “Derechos hechos trizas”, mi crítica pareciera que ignoró la prohibición de llevar celulares al colegio “Misael Pastrana Borrero”.

No callé, ni otorgué. Quise evitar el abuso de este espacio y, sobre todo, del tiempo de mis fieles lectores.

Pero, tampoco, quiero vayan a tomar la de hoy como una “oda al celular”, usé un falso título como gancho para atraer lectores.

No hablé del asunto, porque el problema de la prohibición exige unos contraargumentos ampliamente fundamentados.

Empecemos. Cuando aparecieron máquinas vinculadas a la producción fabril los obreros las consideraron como sus enemigas.

El proletariado en pocas décadas reconsideró su opinión y admitió que el futuro no se garantizaba con destruirlas, sino con su aprovechamiento hacia la mejoría de sus condiciones laborales y el desarrollo económico de la naciente industria que a la postre repercutiría socialmente.

Cuando apareció el telégrafo y el teléfono, no se pensó que serían los artefactos que irían en contra de la amistad porque relevaría las visitas familiares y de amigos.

Cuando aparecieron la radio, el cine y la televisión, estas fueron acogidas masivamente en los hogares y, muy pronto el gobierno y los docentes, coincidieron al estimarlas como recursos didácticos que beneficiarían los procesos pedagógicos; tuvo gran auge la alfabetización en las zonas campesinas que no tenían docentes nombrados y en las escuelas urbanas los maestros le dieron gran utilidad en sus clases presenciales.

La radio y la televisión fueron otros dos miembros de la familia que ambientaron los entornos hogareños. ¿Qué hubiese pasado si la escuela hubiera cerrado sus puertas a la radio y a la televisión? Hubiera pasado por arcaica ante las nuevas realidades sociales.

Al ser acogidas la radio, la televisión y el cine en las aulas de clase, en la práctica empezó a educarse a los niños sobre la importancia de una buena utilización de los avances tecnológicos en la comunicación humana.

Los celulares se convirtieron en instrumento o accesorio de la cotidianidad humana, tanto que se asemeja a un órgano corporal que la persona queda como incapacitada cuando sale a la calle a sus actividades, sufre si se le queda en casa por olvido.

Una decisión rectoral que lo prohíba, propiciará que unos estudiantes asistan a escuchar sus clases con melancolía porque sienten que algo les hace falta.

No estoy proponiendo que las instituciones educativas sean espacios donde los alumnos derrochen toda la mañana con celulares, dedicados a responder banales mensajes, observar videos bobos, estar adictos a los juegos que descargaron en sus pantallas o estar conectados con audífonos.

Esa no es la idea. Le pregunto a la Rectora: ¿sirvieron los celulares para las clases virtuales durante el confinamiento? Ante la adicción humana al celular, las instituciones deban educar más que prohibir.

¿Sería tan potente la escuela de extinguir en una jornada de clase una costumbre de familia? Se generarían miradas selectivas y sentimientos encontrados entre los niños; los docentes llevarían la peor parte.

Mi ánimo no es ganarme detractores con esta propuesta, ni contradecir mi bibliofilia pública. Al aprovechar su utilidad abaratarían las listas de útiles, no pedirían tantos libros ya que las lecturas se harían en las bibliotecas virtuales descargadas en los aparatos.

Los estudiantes en sus maletines no cargarían los voluminosos diccionarios porque recurrirían al Google. Inclusive, podrán ampliar las temáticas al explorar plataformas.

Posiblemente algunos pronunciamientos judiciales secunden la prohibición, pero sólo será en el evento que el alumno se distraiga en clase o sólo lo utilice para torpedear la buena convivencia escolar. No lo tomen como oda, ni joda con el celular.

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martes 7 de febrero, 2023

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