¿Open mind?
Por Siempre me he considerado un hombre de mente abierta y no necesariamente por el hecho de que trato de darle solución a las dudas metódicas y existenciales que a veces me atormentan. Me refiero al término anglosajón Open Mind, una especial particularidad -virtud si se quiere- que me ha permitido poder entender y tolerar diferentes pensamientos y formas de ver al mundo sin entrar en el terreno de los juicios de valor, los juzgamientos, las sentencias o incluso las valoraciones.
El espectro es bastante amplio y va desde la política, la religión, la sexualidad y abarca inclusive posturas sobre temas controversiales como lo son la igualdad, la eutanasia, el aborto, el consumo de drogas, el derecho a la intimidad e incluso hasta la cesura. Sin embargo, el respeto por las ideas, actos y comportamientos contrarios se basa en que exista un mínimo y elemental respeto de la voluntad de quienes no piensan, desean y obren igual. Y para ello creo muy necesaria la existencia de “normas especiales” que eviten que la sociedad experimente entropía, aquel principio termo-dinámico que presagia que todo sistema tiende al desorden y al caos.
Los fallos de la Corte Constitucional en los que el patrono no puede despedir a un empleado que se presente a laborar drogado o borracho; las directivas de un plantel no puedan expulsar a los alumnos que tengan relaciones sexuales en las aulas y el más reciente que permite el uso de sustancias sicoactivas y alcohol en espacios públicos no son propiamente el tipo de “normas especiales” al cual hago alusión.
Sí, soy open mind, pero no tanto como nuestra Corte Constitucional.