Paz bilateral
En materia de paz, tanto el Gobierno como la guerrilla de las Farc han sido muy malos políticos.
El gobierno no ha logrado -salvo en elecciones- convencer plenamente a Colombia que lo más importante de este proceso no es la incorporación de la guerrilla a la institucionalidad, sino el fortalecimiento y remozamiento institucional de nuestra precaria democracia; las Farc, por su lado, dedicadas como siempre a ampliar la base de sus adversarios, inadvirtiendo que hacer política desarmados implica construir consensos y respaldos; asunto, por lo demás, más complicado que echar bala.
El proceso hoy pende de la posibilidad de parar la guerra ya, su problema medular ha sido que la dinámica de esta negociación ha estado determinada por el curso de la guerra y no por el anhelo de alcanzar la paz a través de la política.
Siguen las partes ensimismadas por el pavoroso aleteo de los que claman más sangre, sin darse cuenta caen en la trampa de negarle un respiro de esperanza a este país, negándose para sí un digno rincón en la historia.
A este proceso le ha faltado política alrededor de iniciativas a favor de la estrategia de paz nacional, que permita pactar una paz bilateral, para luego llegar a un cese al fuego definitivo.
Los adversarios del proceso han sido políticamente más eficaces, a pesar de la debilidad de sus argumentos y la malignidad que se descubre cuando pelan los colmillos desde sus altas dignidades, al ofrecer “candela” como única solución a los problemas que han contribuido a generar a lo largo de sus aviesas trayectorias. Todos los días cae uno preso, sin embargo, parecen más que nosotros.
La tregua anunciada por las Farc pareciera responder a las preocupaciones anteriormente expresadas.