Paz imperfecta
El pasado 15 de agosto salió embalada la última arma de las Farc en los contenedores que para tal efecto dispuso la ONU. Fueron silen-ciadas para siempre 8.112 armas, 23 toneladas de explosivos, 1.300.000 cartuchos y fueron desocupadas más de 873 caletas; así mismo, ese día se anunció la relación de bienes patrimoniales que esta organización política entregará al Estado, con el objeto de alimentar el fondo para la reparación a las víctimas de conflicto armado. Este aconte-cimiento marca una nueva etapa de la historia colombiana, signada por mejores tiempos en términos de bienestar para nuestras afligidas comunidades.
El martes debió ser un día glorioso y lleno de optimismo, pero no fue así, ese mismo día por cuenta de información suministrada por los gringos, se supo del punible compromiso de va-rios expresidentes de la Corte Suprema de Justicia con la agencia de fallos amañados en contubernio con abogados comandados por Gustavo Moreno, el flamante fiscal anticorrupción, responsable, nada más ridículo, del sonoro programa de la Fiscalía “bolsillos de cristal”, rotos por supuesto, por las venales monedas entregadas del consorcio Odebrecht.
Antes este país funciona: con una impunidad en la justicia del 95%, corroída por el clientelismo que liquidó la majestad de la justicia y la puso en manos de indignos leguleyos que dictan sentencias inspirados en los códigos de la picardía y el desafuero.
Frente a semejante panorama se hace impe-rativo redefinir los mecanismos de conformación de las altas cortes judiciales, despolitizándolas o, mejor, desclientilizándolas. Hay que tener justicia, sin esta no hay estabilidad, tampoco democracia, mucho menos paz. Colombia avanza en la turbulencia de esta paz imperfecta.