Pinocho

Cuando niño mi papá me regaló un libro que me encantaba. Me encantaba no sólo por su exquisita encuadernación en pasta dura y bellos acabados; me gustaba porque contenía hermosas imágenes. Casi todas sus páginas albergaban grandiosos dibujos hiperrealistas que de no ser por saber entonces de que se trataba de una historia de ficción, los habría considerado fotografías.

La historia del libro: un pedazo de madera sorprendente que le regalan a un viejo carpintero y que gracias a su destreza lo convierte en un muñeco, en una marioneta parlante.

Sí, el libro era Pinocho, de Carlo Collodi.

La historia me hipnotizó, pero más aún sus ilustraciones. Aquel Pinocho me divertía y lo consideraba atrevido por ser amo de una nariz siempre en punta, tiesa y erguida. ¡Ah, pero la niña de los largos cabellos color turquesa! -luego me enteraría de que era un hada- fue mi primer amor. Me extasiaba contemplando la ilustración en la que ella aparecía cuidando a Pinocho enfermo y conversando con un halcón, una lechuza y un grillo.

Años después vería la versión de Disney, la cual por no ser fiel a mi libro jamás me gustó, y huelga decir que preferí al Pinocho impúdico que al infantil dibujo animado.

Con todo esto, cómo no ver la película Pinocho de Benicio del Toro. Es su versión. No hallé a la Zorra y el Gato ni tampoco la transformación en burro o en niño de carne y hueso… pero es una versión sencillamente hermosa.

Y tal vez la triste profecía de que la carne morirá y serán los muñecos quienes continuarán recreándose con la Gran Creación.

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martes 20 de diciembre, 2022

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