Pobres vecinos
Hace unos días -en la noche- se desplegó en la ciudad un inmenso operativo policial inspeccionado diversos establecimientos de esparcimiento y diversión nocturna. Además de los consabidos registros legales que buscaban constatar si los establecimientos examinados contaban o no con la documentación actualizada y en regla para su debido funcionamiento, si había en ellos presencia de menores de edad o si concurría en su interior el comercio de licor sin las imprescindibles estampillas de ley, el gran operativo contó, para sorpresa de clientes, trabajadores y transeúntes, con la presencia de efectivos de la Unidad Especial de Migración Colombia, una unidad adscrita al Ministerio de Relaciones Exteriores.
Al indagar sobre esta singularidad, la respuesta de uno de los funcionarios fue que se encontraban en la búsqueda de ciudadanos venezolanos sin permiso para residir en nuestro país -léase ilegales- y de aquellos que sin estar autorizados para laborar, estaban siendo contratados.
Este particular hecho deja ver la punta de un iceberg que seguramente muchos desconocemos o no somos conscientes de su magnitud y preocupantes consecuencias. Es un hecho que nuestro hermano país Venezuela es hoy un estado fallido en el que las libertades y derechos individuales prácticamente dejaron de existir, una nación que demorará muchos años en volver a ser la envidia de los colombianos.
Por esta razón no es extraño que miles de venezolanos atraviesen diariamente nuestra frontera buscando un mejor mañana. Y no obstante nuestro preocupante desempleo y compleja situación económica, brindarles apoyo -no persiguiéndolos u hostigándolos- es una pequeña forma de mostrar nuestra posición crítica con respecto al actual régimen que acabó con sus ilusiones.