Predicciones literarias y realidades sociales
Medio siglo atrás tatuarse el cuerpo era un asunto de género y los varones se marcaban en el brazo o encima de la mano, entre los dedos pulgar e índice, un ancla, un corazón o un nombre. Decisión masculina que arriesgaba la reputación social porque emulaba a los marineros y a los reclusos.
Eran censuradas las madres solteras y en las herencias se discriminaba a los “hijos naturales” porque por ley se privilegiaba a los legítimos con la doble porción. Eran tiempos del padrinazgo político para conseguir un teléfono fijo y nadie imaginaba la aparición de la Internet y el WhatsApp. Sólo a un escritor loco se le ocurría narrar la igualdad y que llegaría el día que una aldea escondida entre la ciénaga se comunicaría al instante con el mundo.
Cien años de soledad, publicada en 1967, narra que el joven José Arcadio varios años después regresó a Macondo con su cuerpo todo tatuado. José Arcadio le pronosticó a Úrsula el progreso de las comunicaciones en la aldea. Apolinar Moscote le platicó a Aureliano que los contrarios eran amigos del divorcio y de la igualdad de los hijos. Hoy, mientras los colombianos digerimos el acuerdo entre el Gobierno y las Farc, me sorprende aún más el ingenio literario profético de Gabriel García Márquez:
“Le confirmó -dice Gabo- que habían contactado a los jefes rebeldes y estaban en vísperas de concertar el armisticio a cambio de una representación minoritaria en el parlamento y la amnistía general para quienes depusieran las armas”. Roguemos para que con el plebiscito los colombianos sí aprovechemos esta oportunidad de paz.