Protestas, vandalismo y saqueos
Estamos en uno de los momentos más difíciles de Cali. Los hechos sobrepasan nuestra capacidad de interpretarlos. Es equivocado pensar que nada tiene que ver con las protestas, pero también que todo tiene que ver exclusivamente con ellas. Sin duda, las protestas tienen un efecto gatillo, una situación que posibilita el vandalismo y los saqueos.
Los organizadores sí deben responder por los hechos subsiguientes, puesto que para convocarlas no apelan a las razones sino que fomentan el lenguaje de odio, una herramienta que tiene las consecuencias que hoy vemos. Los marchantes, por buenas intenciones que los asistan, también deben ser conscientes del efecto dominó que tienen estas actividades aunque sean pacíficas. Sin embargo, no podemos desconocer que el trasfondo es mucho más profundo que el solo uso del lenguaje. No podemos tampoco simplificar los hechos a falta de civismo, de amor por Cali o apelar a frases vacías como la de “los buenos somos más” para intentar volver a la “normalidad”. Esa visión desconoce la profundidad del problema y nos impide acercarnos a las soluciones.
Cali tiene que mirar con seriedad la situación de la crisis social, económica y de valores que enfrenta. Tampoco puede aislar del análisis la influencia del narcotráfico y la presencia de bandas criminales. Las autoridades han afirmado que los ataques al MIO y saqueos son organizados y financiados por dichos grupos. Es prioritario saber quién y llegar a los promotores. Eso no se logra incluyendo en el cartel de los “más buscados” a las señoras que se robaron un carrito de papel higiénico. Ellas, sin duda, fueron presa de un fenómeno de masas, pero no son los delincuentes que están desestabilizando Cali.