¡Que viva el debate!

La gran herencia que nos dejaron los fundadores de la democracia fue la magia de la palabra hablada, que expandía su encanto en las asambleas y parlamentos bajo el verbo milagroso de Dantón y Robespierre, por un lado, y, por el otro, los ingleses decidieron que para que una democracia perdure debería hacerlo respaldada por partidos políticos sólidos. Así ha sido y así será. En Colombia, hasta el Frente Nacional, la controversia en el parlamento y las plazas públicas hicieron de la política un escenario de la pasión, de los odios y los amores, desde donde se construyó, bajo la égida del Partido Liberal y el Conservador, la Nación colombiana.

Hoy me produce risa y pena ajena las invocaciones de algunos empresarios electorales disfrazados de líderes políticos, para que el debate político se suspenda con el prurito fariseo que le hace daño al país. Que controviertan el ex presidente Uribe y el presidente Santos es lo mínimo que esperamos los colombianos en medio de tanta confusión y caos. La confrontación no solamente debe ser nacional, sino local y regional. Por ejemplo, estamos en mora de hacer en Cali un gran debate sobre el fracaso de la política de seguridad del alcalde Rodrigo Guerrero. Desgraciadamente, desde hace muchos años las asambleas y los concejos siguieron el ejemplo del Congreso, convirtiéndose en clubes de cortesanos y cabilderos.

El esquema gobiernooposición no ha funcionado en Colombia a pesar de tantas reformas, porque no hay partidos, sino montoneras de coyuntura y porque el empresario electoral suplantó al agitador de ideas, con su capacidad de comprar votos para suplir su aparatosa ignorancia. Por lo tanto, al no existir sino unanimismo partidista bajo el ropaje de la llamada \”unidad nacional\”, el papel de la oposición en su conjunto es el único antídoto contra la tecnocracia, la política del cóctel y el besamanos.

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    miércoles 23 de enero, 2013

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