Recordada maestra:
Precisamente hoy, cuando observo los pupitres vacíos porque los maestros entraron en paro para exigir sus justos derechos a la salud, salariales y prestacionales, quiero liberarme de mi ingratitud hacia usted, quien me enseñó a leer y escribir. Perdóneme porque hace tiempo debí hacer esta carta, ya que usted me sembró el valor de la gratitud. Mi gesto va a nombre de otros ciudadanos quienes también la recuerdan como esa “mamá grande” que nos hacía coger bien los lápices para escribir nuestros nombres. La recuerdo cómo en otrora nos recibía con los brazos abiertos y dispuesta a continuar con la obra de mi madre.
Ese día perdí el miedo a quedarme en esa casona de salones grandes y patios amplios, confundido entre bandadas de niños que para mí eran desconocidos. Admiré tu capacidad de asumir la difícil tarea de reemplazar a cincuenta madres, tanto que llegué a considerarte como si fueras otro miembro de mi familia. Te debemos nuestros primeros reconocimientos públicos al otorgarnos medallas de excelencia en los homenajes a la bandera. Aprendí el amor, la disciplina, la responsabilidad, el respeto, la admiración por las cosas bellas de la naturaleza y a explorar la ciencia. Fuera del fuetazo de mi madre, sólo a usted le acepté que me castigara con la férula.
Estoy seguro que si renaciéramos como maestra y alumno, ahora protagonizaríamos la educación libertaria. Recordada maestra, en estos tiempos del cólera, comparto estas apologías de Ernesto Sábato: “A medida que pasan los años, ahora que la vida nos ha golpeado como es su norma y que advertimos nuestras debilidades, más se levanta el recuerdo de nuestros maestros”.