Recordando a Valverde
Ayer, a las 2:30 de la madrugada, se despidió y partió para siempre mi amigo de toda la vida, Umberto Valverde.
Hoy, en un largo día de profundo duelo, estaremos recordando su vida llena de anécdotas y repasando a la ligera su importante legado literario.
Umberto, como siempre quiso que se escribiera su nombre, ha sido el más caleño de todos los escritores que he conocido y leído.
Cali fue el sitio de sus pasiones, el lugar de sus amores imposibles y la ciudad que veneró tanto como a María, su madre.
Fue hijo legítimo de la cultura popular, que convirtió su escritura en un referente, haciendo de sus recuerdos del barrio Obrero un punto fundacional de la literatura urbana.
Fue el gran cronista de los tiempos duros, cuando Cali realmente era “La Capital de la Salsa”, y a eso precisamente dedicó casi toda su obra literaria.
Decía yo en una entrevista, en medio de la consternación y la tristeza, que cuando conocí a Umberto, estábamos terminando el bachillerato.
Mientras todos elegíamos ser médicos, abogados o ingenieros, o algo parecido, Valverde decidió ser escritor, pensar como escritor, hablar como escritor y morir como escritor en la oscuridad lúgubre de una sala de cuidados intensivos.
Uno de sus momentos más felices fue cuando conoció a Celia Cruz, a quien se la presentó Humberto Corredor, uno de sus amigos amados, dando inicio a la configuración de todos los detalles para escribir su novela inmortal, que hizo de Celia en la literatura lo que efectivamente fue: “La Reina Rumba”.
Los académicos y los investigadores serán los encargados de analizar no solo sus novelas y sus cuentos, sino toda su capacidad como cronista, que desplegó en sus columnas de opinión, sus entrevistas a cantantes y músicos, y, obviamente, a los futbolistas, a quienes amó y odió con pasión inusitada.
Umberto siempre estuvo ligado a mi vida.
Con él recorrimos y sobrevivimos a las penumbras insondables de la noche, que se iniciaba unas veces en El Séptimo Cielo, otras en La Escalinata, algunas en El Escondite, muchas veces en Siboney, para siempre terminar en Tropicana a la orilla del río Cauca o definitivamente alucinados por la magia de Los Compadres.
Y disfrutamos el esplendor único e irrepetible del Hotel Petecuy, en cuya terraza nos cantó Ángel Canales “la típica novel”, Henry Fiol y nos amanecimos con el violín mágico de Alfredito de la Fé.
Con él presenciamos cómo la salsa se legitimó y se convirtió en la razón de ser de nuestras gentes.
Siempre me acompañó. Juntos anduvimos siguiendo la ruta de Héctor Lavoe, Johnny Pacheco, La Sonora Matancera, La Fania, La Charanga América, y nos sentamos durante muchas horas a charlar y recordar el día en que acompañamos a La Fania al concierto en la cárcel de Villanueva, donde siempre me decía que nos libramos de habernos quedado allá.
Umberto me hizo el honor de dedicarme a mí y a Mario Alfonso Escobar su novela Quítate de la vía, Perico, que tiene como hecho real la noche en que, ante nuestros ojos desorbitados, estalló en “Los Compadres” una granada colocada debajo de un asiento, en uno de los tantos atentados que por esa época sucedían en las discotecas.
Este hecho dio lugar a la escritura de la novela y, después, a una película.
Cali debería ser hoy una ciudad impactada por la muerte de Valverde, pues los caleños lo recordaremos siempre porque convirtió en mito universal al Grupo Niche, porque creó y lideró el museo en honor a Jairo Varela, porque convirtió la revista del América en la mejor publicación de cualquier equipo de fútbol del país.
Los académicos, que lo miraron con recelo y muchas veces lo excluyeron, deben ponerse las gafas y las rodilleras para agradecerle siempre que, siguiendo instrucciones precisas de Jaime Galarza, en su momento rector de la Universidad del Valle, le dio la oportunidad de crear el más importante periódico universitario que, para despecho de muchos, se llamará por siempre ”La Palabra”.
En fin, mi amigo Valverde, a quien muy pocos amábamos, muchos temían y algunos odiaban por lo incisivo de sus opiniones y su carácter polémico, y, en algunas ocasiones, su mirada de peleador callejero del barrio Obrero, nos deja un recuerdo final: nunca olvidaremos que, cuando fue director artístico de la Feria de Cali, que dirigió José Pardo Llada, le dio curso a la celebración del Festival de Orquestas y una Calle de la Feria que marcó un antes y un después.
Contigo, Umberto, se muere la posibilidad de haberse escrito la gran novela sobre la mafia y sus secretos, como lo hiciera Mario Puzo con El Padrino.
Con esa deuda quedan la historia y la literatura.
Tus amigos te insistimos y ese sentimiento inmenso por el silencio te impidió darle a Cali la oportunidad de ser un referente de esa historia profunda y muchas veces incomprendida.
Adiós Umberto.
Hoy te estaremos despidiendo tus amigos: Rafael Araujo, el Negro Mao, Jaime Galarza, Rafael Quintero, tus hermanos Hugo y Carlos, Angelita, tu compañera, y yo, con el corazón partido.
¡Dios te bendiga, Umberto!