Rocky
Hace días escribí sobre el Drácula de Stoker y de cómo los afanes comerciales del ‘séptimo arte’ deforman el concepto del conde.
Si un autor logra elaborar un personaje equivalente a un Drácula para el imaginario colectivo, garantiza para sí y para su creación una inmortalidad propia de las deidades olímpicas.
Y son contados los personajes creados que llegan a gozar de tal suerte. En un ámbito oscuro se me ocurre el doctor Hannibal Lecter, de Thomas Harris. Pero existe un personaje que será siempre especial que no fue extractado de un libro: Rocky Balboa, creación del actor Sylvester Stallone, cuya película obtuvo tres premios Oscar de diez nominaciones en 1975.
Soy fan de Rocky y de sus cinco secuelas; troto escuchando la música compuesta para él y me motivo con el discurso del Rocky cincuentón para su hijo: “Déjame decirte algo que ya sabes. El mundo no es arco iris y amaneceres. En realidad es un lugar malo y asqueroso.
Y no le importa lo duro que seas, te golpeará y te pondrá de rodillas, y ahí te dejará si se lo permites. Ni tú ni nadie golpeará tan fuerte como la vida.
Pero no importa lo fuerte que puedas golpear, importa lo fuerte que pueda golpearte y seguir avanzando, lo mucho que puedas resistir, y seguir adelante.
¡Eso es lo que hacen los ganadores! Ahora, si sabes lo que vales, ve y consigue lo que vales. Pero debes ser capaz de recibir los golpes y no apuntar con el dedo y decir que eres lo que eres por culpa de ese o el otro”.
Ojalá la séptima entrega de Rocky no destruya la imagen que se ha sabido ganar.