Ruido

Leonardo Medina Patiño

La ciudad es el espacio donde se desarrolla nuestra actividad cotidiana. Sin embargo, no compensamos con ella generosamente. Lo digo, porque la dejamos llena de escombros, papeles, taponamos sus ductos, la destrozamos y la invadimos de ruido.

A diario suenan motocicletas estridentes sin control de autoridad alguna, para evitar que el exosto aturda. Y es de día y de noche que transitan las motos haciendo bulla que contamina el ambiente. Igual los carros que ensordecen con el escándalo al acelerar, y son felices sus pilotos saturando el ambiente con ese ruido. Los pitos de los vehículos, que han sido adecuados para dar ciertas sonoridades, llenan la atmósfera con su contaminación auditiva.

En ciertos almacenes, para “llamar la clientela” dejan un parlante en el andén con alto volumen, con una música que nadie entiende. Que entorpece. Digo yo, que en lugar de “llamar” espantan la clientela. Y entre más duro suene el bafle, parece emocionar más a los vendedores o eso siente uno al observarlos.

Hay ciertos restaurantes, por más prestigiosos que sean, donde suben el volumen a la música y en ocasiones hay que pedir que le bajen, porque no deja sostener una conversación armónica. Como diría el escritor Álvaro Mutis “ponen una música que uno no ha pedido”

Y tal vez pasa desapercibido en muchas personas esta situación, pero la verdad es que ya Cali no resiste más contaminación auditiva, amén de las otras maneras que tenemos de contaminarla.

Creería que urge una política pública que regule la contaminación auditiva en la ciudad, pero mientras ello sucede, es necesario que la autoridad ambiental adopte medidas inmediatas para controlar el ruido, ese que atosiga, hasta saturarnos.

 


Se nos fue Elmo Valencia “el monje loco”. Poeta nadaista que hizo historia y que vino a morir a Cali, buscando a sus amigos.

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    viernes 15 de septiembre, 2017

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