Santos no beatifican todos los días
Algunas personas se sorprendieron cuando el Papa Francisco anunció que, así como lo hará con el extinto Papa Pablo VI, también canonizaría al arzobispo mártir salvadoreño Oscar Arnulfo Romero. Los sorprendidos argumentaron que se alegraban y elevarían oraciones de gratitud por el reconocimiento que se le haría a Pablo VI, pero que no compartían la decisión que favorecerá a Monseñor Romero, porque no conocían ningún testimonio que afirme que dicho prelado hubiera hecho algún milagro para ganarse el ámbito santoral.
Les advierto a mis fervientes hermanos exegetas que santos no beatifican todos los días y a la vez les pregunto: ¿la paz no será un asunto que requiera de la fuerza milagrosa? Además, les recuerdo que el Vaticano también ha beatificado a los mártires de la Iglesia.
Precisamente en los tiempos del ejercicio arzobispal de Oscar Arnulfo Romero, El Salvador figuraba como el país más violento de Latinoamérica y los observadores políticos internacionales siempre consideraron que pretender lograr la paz requería de un verdadero milagro.
El pequeño país centroamericano vivía una guerra civil donde en pocos años habían caído 70 mil salvadoreños y la mayoría de la población era víctima de la violación de sus derechos fundamentales. Durante los tres años que ejerció el arzobispado en San Salvador, del 8 de febrero de 1977 al 24 de marzo 1980, Oscar Arnulfo Romero fue perseguido por pronunciar mensajes de concordia.
Fue un mártir víctima de las balas disparadas por un francotirador frente al altar, tras pronunciar una homilía contra los violentos e implorarle justicia para sus hermanos al Gobierno de la Junta Militar.