Se acabó
En antiguas navidades jugábamos al beso robado. Había un acuerdo previo entre nosotros y las participantes que quedaban alerta de no dejarse sorprender.
Era un juego de niños, por cierto machista, porque los varones perseguíamos a las niñas, como actividad lúdica mediada por un pacto que ponía a prueba la sagacidad de las féminas de proteger sus labios esquivos.
Pero el beso que Luis Rubiales, Presidente de la Federación Española de Fútbol, le dio en la boca a Jenni Hermoso, jugadora de la selección, en el momento de imponerle una medalla; fue un acto grotesco, humillante y exhibicionista, que configura el delito del acoso sexual de una persona mayor sobre una chica deportista.
Es más, trasciende del mero acoso y pasa a otra esfera delictiva porque ejecuta un acto de violencia sexual sobre el rostro de la joven.
La víctima estaba en estado de indefensión, porque la acción fue de ipso facto sin tiempo para eludirla.
El beso que no fue en una mejilla, ni en la frente, puso en escarnio público la honorabilidad de la joven, porque todas las jugadoras de la Selección de España se ganaron el puesto por méritos deportivos, jamás por manoseos del alto directivo.
Qué vergüenza para España. Qué vergüenza para el fútbol femenino mundial.
Qué vergüenza para su misma familia que tuvo que soportar que Rubiales la pusiera en entredicho cuando consideró que ese beso a Jenni Hermoso era proporcional a si lo hiciera con una hija.
¿Será que en la cultura española un padre de familia tiene la libre potestad de besar sensualmente a una hija en la boca? ¿Qué hubiese ocurrido si las condecoradas hubiesen pertenecido a algún país latinoamericano? Tal vez el agresor hubiese creído que ejercía un derecho de que gozaba desde la conquista española.
El acto grotesco no cesa en el beso, se agrava en la calumnia tras la afirmación pública de Luis Rubiales: “El beso fue consentido. Jenni me levantó del suelo a mí, me abrazó y yo le pregunté por un pico y me dijo que vale”.
Pero, en la Asamblea Extraordinaria de la Federación, en vez de admitir su acto y tratar de resarcir a la ofendida, ostentó con ímpetu del poderoso dirigente deportivo que puede hacer y deshacer, lo que quiera con las féminas de la selección, pretendiendo demostrar que está atornillado en tan importante cargo: “¿Es tan grave para que yo me vaya, habiendo hecho la mejor gestión del fútbol español? Pues les voy a decir algo: no voy a dimitir. No voy a dimitir. No voy a dimitir. Aquí no se trata de hacer justicia, se está cometiendo un asesinato social”.
Luis Rubiales con sus palabras de “víctima” pretende volver insignificantes las imágenes explícitas que circularon en las redes sociales.
No sé si hasta el momento de escribir estas notas Rubiales haya emitido un pronunciamiento diferente. Mi posición no cambiará.
A unísono con las jugadoras españolas, en solidaridad con Jenni Hermoso, gritaré: ¡Se acabó!