Sólo si el sistema te conviene

Los últimos días parecen haberse convertido no solo en Estados Unidos sino en el mundo entero, en un reality show por cuenta de los resultados electorales de este país, donde hasta el momento que se escribe esta columna, aún no está definido el presidente de la nación más rica y poderosa del planeta en la actualidad.

Estas dos últimas condiciones, ya de por sí hacen que en todos los hemisferios haya un gran interés por las elecciones para la presidencia de esta nación, interés que se deriva de la capacidad de acción e intervención global de este país, que por cierto es el único que tiene posibilidades reales de hacerlo en la actualidad.

En esta ocasión, todos estos factores se ven potenciados por la participación de un presidente en ejercicio que busca su reelección, un mandatario que ha dado señas de movimientos erráticos en materia de política exterior, trayendo consigo durante los últimos cuatro años cierta zozobra en el concierto internacional.

En los últimos cuatro años, si se pudiera hacer un émulo, los Estados Unidos se han administrado de una forma más empresarial, desde un punto de partida más privado con desistimiento de tratados y negociaciones, desaires a varios de sus aliados más cercanos y retrocesos en puntos del planeta donde aún no ha llegado la estabilización siendo este mismo país uno de los principales factores para su desequilibrio, entre otras.

Todas estas acciones han tenido un común denominador, la búsqueda constante del mayor beneficio posible para su país, que si se analiza únicamente desde un punto de vista binario como puede verse desde el sector privado, se entiende perfectamente, el problema radica en la forma como se hace y las implicaciones que ha traído con ese accionar, implicaciones que incluso socavan los procesos normativos y acuerdos con vigencia de años entre naciones.
En ocasiones estas acciones han sido ejecutadas de manera intempestiva, quitándole aires de legitimidad y cordura estatal a sus decisiones.

Ese desdén por las normas ha sido un común denominador de estos cuatro años de periodo presidencial que están llegando a su fin. Un denominador que estuvo presente de principio a fin, tanto así, que durante el proceso de escrutinio, su equipo de campaña ha tejido una estrategia de deslegitimación del proceso electoral, en momentos y estados donde no le favorecen los resultados.

Es tan marcada su firma en este sentido, que incluso en la noche del jueves 5 de noviembre, el presidente Trump se atrevió a afirmar: “si cuentan los votos legales ganaremos, si cuentan los ilegales perderemos”, haciendo alusión a los votos por correo de Pensilvania y otros estados, votos que históricamente han sido de mayoría demócrata y que debido a sus declaraciones están hoy en el “ojo del huracán”. Esta es una estrategia que busca el caos y la dilación con el fin de tratar de “estabilizar la balanza” electoral con acciones que van más allá de lo político y que se internan más en el mundo jurídico.

La siembra del caos y de mantos de duda sobre las instituciones son muy propias de las personalidades autoritarias, porque uno de los principales enemigos del autoritarismo es precisamente un sistema normativo y legal fuerte que contenga y controle sus acciones, por ejemplo, en Colombia también hemos presenciado durante los últimos años un accionar con algunos rasgos similares a los del presidente estadounidense, donde un grupo político ha buscado de manera constante desprestigiar a las ya débiles instituciones de nuestro país, sembrando mantos de duda sobre su accionar, un grupo que al igual que en muchas de las actuaciones de Donald Trump, siente que el sistema funciona solo si les conviene.

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viernes 6 de noviembre, 2020

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