Tecnotrabajos: sobre la IA y lo que debemos atender desde las universidades
Durante décadas, los programas académicos universitarios han operado bajo una lógica relativamente estable: formar habilidades orientadas al mundo laboral.
Cada gran transformación tecnológica ha reconfigurado esa misión sin alterarla del todo. El auge de las computadoras impulsó la enseñanza de herramientas ofimáticas; la pandemia de COVID-19 aceleró la alfabetización en plataformas digitales y dinámicas de teletrabajo.
La universidad, en ese sentido, ha sido históricamente adaptativa.
Hoy, sin embargo, el avance de la inteligencia artificial (IA) parece tensionar esa lógica de adaptación hasta un punto crítico.
Existe una percepción cada vez más extendida sobre la velocidad de desarrollo de estas tecnologías supera la capacidad de respuesta de las instituciones universitarias.
Frente a este fenómeno emergen, al menos, dos grandes narrativas.
Por un lado, la idea de que la IA transformará radicalmente el mundo del trabajo, volviendo obsoletas múltiples profesiones y, con ellas, los programas académicos que las sustentan.
Por otro, la visión optimista según la cual estas tecnologías potenciarán la productividad, haciendo el trabajo más eficiente sin necesariamente reemplazarlo.
Con frecuencia, estas perspectivas se presentan como opuestas, incluso irreconciliables.
Sin embargo, ambas comparten un supuesto problemático: reducen la universidad a su función instrumental, es decir, a su capacidad de responder a las demandas del mercado laboral.
Es precisamente aquí donde el debate exige un desplazamiento más profundo. En la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV advierte sobre el poder cultural de quienes controlan los recursos tecnológicos: su capacidad no solo para transformar prácticas, sino para moldear lo que entendemos como verdad sobre el ser humano, el mundo y el sentido de la existencia.
Se trata de un poder que puede imponerse de manera sutil o abierta, incluso al margen de la verdad.
Leída en clave universitaria, esta advertencia no es menor. Nos recuerda que el problema de la IA no es únicamente técnico ni económico, sino profundamente epistemológico y político.
No se trata solo de qué habilidades deben enseñarse, sino de qué concepción de lo humano queremos preservar o transformar.
De ahí que la respuesta universitaria no pueda limitarse a incorporar cursos de alfabetización en IA o a rediseñar programas en función de la productividad.
Las universidades están llamadas, ante todo, a formar personas críticas. Esto implica defender espacios que hoy parecen improductivos, pero que son esenciales: la lectura lenta, la argumentación rigurosa, la resolución reflexiva de problemas, la conversación sostenida, incluso la divagación intelectual.
El riesgo más profundo no es quedar rezagados frente a la tecnología, sino perder la experiencia misma de pensar, de aprender y de construir conocimiento colectivamente.
En otras palabras, renunciar a aquello que hace de la universidad algo más que un centro de entrenamiento técnico.
En este contexto, la advertencia sobre el totalitarismo, que hace el Papa León XIV, adquiere una nueva relevancia.
Cuando la verdad se subordina al poder —y la tecnología amplifica ese poder—, la universidad no puede limitarse a adaptarse: debe resistir críticamente.
Esto implica no solo enseñar a usar la IA, sino también cuestionar sus supuestos, sus efectos y sus límites.
Tal vez, entonces, la pregunta no sea si la IA debe transformar los programas universitarios, sino hasta qué punto estamos dispuestos a permitir que lo haga.
Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a defender frente a esa transformación. Quizás un camino paradigmático sea el de aquellas universidades humanistas que defienden a la persona y su posibilidad de disputatio, así como su vínculo consigo misma, con la sociedad y con el mundo, para conservar, en cierto modo, el pensamiento crítico frente a la emergencia de la IA.
A lo mejor la incursión de la IA en la educación superior también permita acortar las brechas en lugar de profundizarlas.
El apoyo asistivo para personas de inclusión con diversidades funcionales y cognitivas o la reducción de distancias para una educación digital democrática y de fácil acceso también sean ejemplos de como una especie de humanismo digital que en lugar de separarnos nos haga cada vez más custodios de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.