Una barbarie contra la mujer no tan lejana
De niño me encantaba ir a un pequeño negocio de alquiler de películas en Betamax y, una vez allí, ojear los catálogos buscando algo que alimentara mi curiosidad.
Fue entonces cuando me enteré de la aberrante práctica conocida como la ablación femenina.
La película se llamaba África salvaje, el continente oscuro, y las escabrosas escenas de tan brutal práctica me causaron noches de insomnio, de las cuales solo me curaba pensando que esos actos ocurrían al otro lado del océano.
Durante años viví con esa idea: que aquello pertenecía a realidades que no nos rozaban. Hasta que, a propósito de un proyecto de ley conocido como “Niñas sin ablación”, supe que no era así.
Que esa misma condenable práctica también ocurre en Colombia.
La ablación femenina —o, para decirlo sin eufemismos, la mutilación genital femenina— consiste en la extirpación parcial o total de los genitales externos de la mujer, especialmente del clítoris; práctica que ha sido documentada en comunidades del pueblo indígena Emberá, donde se le conoce como “corte” o “curación”.
El objeto no es otro que controlar el cuerpo de la mujer: un intento, amparado en el insostenible argumento de la tradición ancestral, de regular su sexualidad, garantizar la “pureza” e imponer una idea de comportamiento aceptable. En el fondo, una forma de disciplinar su cuerpo.
¿Hasta dónde llega el respeto por la diversidad cultural cuando lo que está en juego es la dignidad y la integridad de una niña? ¡No todas las tradiciones merecen ser preservadas!
Bienvenidas las iniciativas que buscan erradicar esta práctica, aunque lleguen tarde… porque, según descubro, hay barbaries que no están lejos, sino ocultas.