Una maldición gitana
Escribo esta nota atribulado por la pesadilla de la pandemia en la que estamos todos inmersos. Mi condición de propietario de un club de esparcimiento me hace prever que las futuras responsabilidades del diario vivir las tendré que asumir con manos y pies amarrados por cuenta de la forzosa inactividad.
Un mes ha trascurrido de Cuarentena y, por como lucen las cifras, el concepto de “aplanar la curva” lo visualizo ya como un eufemismo para describir el aplazamiento de lo inevitable. Más aún, con el agravante de que la cuarentena ha sido todo menos eso.
Otra sería la historia si todos sin excepción hubiesen cumplido con una cuarentena de verdad. Un aislamiento de sólo un par de días adicionales a los catorce requeridos para inactivar el virus y que a su inicio se hubiesen cerrado estrictamente todas las fronteras. Pero eso es llorar sobre leche derramada… El virus ya está en nuestras calles.
Para completar el cuadro, resulta que hay recuperados del Covid que nuevamente enferman debido a la capacidad de mutación del virus echando por tierra cualquier esperanza de construir defensas naturales después de una exposición y sobrevivencia a la enfermedad.
Los chinos del laboratorio de Wuhan han castigado al planeta entero con una maldición gitana, un tipo particular de condenación que no tiene fin y que aflige a sus víctimas por secula seculorum.
Seguiremos pues sumergidos en nuestras tinas de agua caliente con las venas cortadas aguardando a que ocurra antes un milagro; o que sean los mismos chinos quienes corrijan el mal que han hecho… Esa es la única forma en que se rompe una maldición gitana.