Una trampa menos

Rodrigo Fernández Chois

Según la teoría de Keynes, si el gobierno de los EE.UU. quería sacar a su Nación de la Gran Depresión de los Treinta debía contratar a numerosos hombres para que durante una jornada diaria abrieran miles de huecos y a otros tantos para que en una jornada nocturna los llenaran y dejaran listo el suelo para que en el siguiente turno los primeros repitiesen su labor.

Una política económica basada en gasto público “in extremis” que llevó a la deificación de esta variable como elemento reactivador de la economía.

Este pensar se llamaría “keynesianismo” por su padre gestor, siendo su antagonista el “monetarismo” que basa su dogma en el dinero como mercancía fundamental para lograr igual objetivo.

No obstante sendos dioses, Keynes expuso un escenario en el que ambas políticas económicas eran nulas. Él denominó a este particular escenario “La Trampa de la Liquidez” justamente por impedir a la medicina obrar.

Se refería a un contexto de tasas de interés tan bajas que el público optaba por atesorar su “contante y sonante” impidiendo al dinero su valiosa tarea transaccional.

Esta es una de las trampas de la mercancía más fetiche creada por el hombre. Pero existe en mi concepto una segunda trampa que nace de la necesidad que tiene un comerciante de guardar cambio.

Me refiero concretamente a esa porción de dinero que queda atesorada en cajas registradoras para las “devueltas” y que no circula. Es sin duda una cantidad que pesa macroeconómicamente.  

Con el advenimiento y generalización del dinero virtual esta pequeña trampa será superada y los monetaristas ganarán un round en esta eterna cuestión.

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martes 16 de octubre, 2018

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