Vivienda: ¿lujo o necesidad?
Durante años, en Colombia se ha instalado una idea casi incuestionable: que tener vivienda propia es el objetivo natural de toda familia.
Pero vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿lo que la gente necesita es ser propietaria o tener una solución habitacional digna? La diferencia no es menor.
Hoy, en muchas ciudades del mundo, comprar vivienda se ha convertido en una meta cada vez más lejana.
En algunos casos, una familia necesita entre 10 y 20 años de ingresos para acceder a una casa. Colombia no es ajena a esta tendencia: precios más altos, tasas de interés elevadas, menor acceso a crédito y un sector constructor desacelerado han hecho que ese sueño se aleje para millones de hogares.
Pero el problema no es solo de acceso a propiedad. Colombia enfrenta un déficit habitacional cercano a los 5 millones de hogares.
Y, sin embargo, la discusión suele quedarse corta. Porque no todo el déficit es igual.
Existe un déficit cuantitativo, de hogares que no tienen vivienda, pero también un déficit cualitativo: viviendas en condiciones inadecuadas, sin servicios básicos, con hacinamiento o mal ubicadas. Este segundo problema, en muchos casos, es más grande que el primero.
Esto cambia la discusión. El problema no es solo cuántas viviendas faltan, sino cómo están viviendo los colombianos.
A esto se suma un cambio silencioso: los hogares están cambiando. En el mundo, el alto costo de la vivienda está afectando la formación de familias.
Donde es más caro vivir, cae la natalidad y aumenta el envejecimiento. Colombia ya muestra señales: hogares más pequeños, más personas viviendo solas o en pareja sin hijos y una mayor proporción de adultos mayores. Sin embargo, la política de vivienda sigue pensada para un país que ya no existe.
Durante años, Colombia había avanzado en una política de Estado en vivienda. Programas como Mi Casa Ya y los subsidios a la tasa permitieron dinamizar el sector y facilitar el acceso.
No era perfecto, pero funcionaba. Hoy ese enfoque se debilitó.
La reducción en subsidios, la incertidumbre y la falta de continuidad han afectado tanto a las familias como al sector constructor. El resultado es evidente: el país retrocede.
A esto se suma un problema de planeación. Muchas ciudades operan con planes de ordenamiento territorial desactualizados, trámites lentos y restricciones de suelo que frenan la construcción.
Cuando la ciudad formal no responde, la informal avanza. En ciudades como Cali, esto se traduce en invasiones, expansión desordenada y mayor hacinamiento.
Todo esto muestra que el problema de vivienda no es solo de mercado, es de Estado.
La pregunta es qué están proponiendo los candidatos. Como en otros temas, la política de vivienda se sostiene sobre tres pilares: acceso y financiación, oferta y construcción, y entorno urbano. Si uno falla, todo el sistema falla.
En acceso y financiación, la mayoría de las propuestas sigue centrada en subsidios. Iván Cepeda plantea un mayor rol del Estado en la provisión de vivienda.
Sergio Fajardo propone fortalecer los mecanismos existentes y mejorar el acceso al crédito. Paloma Valencia plantea metas de construcción y subsidios, manteniendo programas como Mi Casa Ya.
Abelardo de la Espriella también propone ampliar el acceso, aunque con menor detalle. El problema es que las propuestas siguen enfocadas en la compra, con poco desarrollo de alternativas como el arriendo formal o el leasing habitacional.
En oferta y construcción, donde está uno de los mayores cuellos de botella, las propuestas son débiles.
Pocos abordan de fondo el acceso al suelo, la actualización de los POT o los tiempos de licenciamiento. Sin resolver estos factores, la oferta no crece y los precios suben, reduciendo el impacto de cualquier subsidio.
En entorno urbano, se reconoce la importancia de servicios públicos y conectividad, pero las propuestas siguen siendo generales.
Falta claridad sobre cómo garantizar que las viviendas estén bien ubicadas, conectadas con el empleo y con acceso a oportunidades.
Y ese es el punto clave. No se trata solo de construir más viviendas, se trata de garantizar que las personas vivan bien.
Hoy la discusión sigue girando alrededor de cuántas viviendas se construyen o cuántos subsidios se entregan, pero no sobre si las soluciones realmente responden a las necesidades de la gente.
Algunos candidatos se concentran en ampliar subsidios, otros en aumentar la intervención estatal y otros en ajustar el modelo actual, pero pocos están replanteando la pregunta de fondo.
Porque en vivienda no se puede improvisar. El costo no es político: es social.
Colombia necesita una política de vivienda integral, continua y sostenible, que cubra todas las capas de la sociedad, que entienda los cambios en los hogares y que aborde de manera simultánea el acceso, la oferta y la calidad del entorno urbano.
No se trata solo de tener casa. Se trata de vivir bien. Porque el país que merecemos también se construye desde donde vivimos.
@edwinhmaldonado