La ausencia de Aída Quilcué en el debate vicepresidencial reabre una discusión necesaria sobre la preparación, las competencias y la importancia del conocimiento para ejercer los más altos cargos del Estado
La formación de los vicepresidente sí importa
La decisión de la candidata vicepresidencial del Pacto Histórico, Aída Quilcué, de no asistir al debate convocado entre las fórmulas vicepresidenciales de las campañas presidenciales deja una reflexión que trasciende la coyuntura electoral.
Más allá de las razones que expuso la senadora para justificar su ausencia, el episodio reabre una discusión que Colombia ha evitado durante demasiado tiempo: ¿Qué tan importante es la preparación para ejercer los más altos cargos del Estado?
Colombia enfrenta desafíos enormes en materia de seguridad, salud, crecimiento económico, infraestructura, educación y lucha contra la pobreza.
Problemas complejos que requieren dirigentes capaces de comprenderlos, analizarlos y enfrentarlos con criterio técnico, experiencia y conocimiento.
Por supuesto, un título universitario no garantiza honestidad ni buen gobierno. La historia colombiana ofrece suficientes ejemplos de funcionarios altamente preparados que terminaron involucrados en escándalos de corrupción, pero de allí no se desprende que el conocimiento sea irrelevante.
Por el contrario, la preparación sigue siendo una herramienta fundamental para tomar mejores decisiones públicas.
Resulta particularmente preocupante cuando desde la política se promueve una visión que parece enfrentar la experiencia de vida con la formación académica, como si fueran conceptos incompatibles.
No lo son. Las democracias modernas necesitan ambas cosas. Necesitan líderes que conozcan las realidades sociales, pero también que cuenten con las herramientas necesarias para administrar instituciones complejas y diseñar políticas públicas eficaces.
La democracia no puede convertirse en una competencia de carisma, de consignas o de popularidad.
Administrar un país de más de cincuenta millones de habitantes exige algo más que buenas intenciones, exige preparación, capacidad de análisis y disposición permanente para aprender.
Quizá haya llegado el momento de que Colombia abra una discusión seria sobre los perfiles que deberían exigirse para ocupar los más altos cargos de representación popular.
Porque la legitimidad que otorgan los votos es indispensable, pero la capacidad para gobernar también importa. Y mucho.