Dolorosa moraleja
Que en Colombia el narcotráfico sea algo tan cotidiano y para algunos normal, no quiere decir que el resto del mudno lo vea así.
A raíz de la ejecución de Ismael Arciniegas Valencia, quien fue condenado a muerte en China por narcotráfico, se ha generado un debate sobre la aplicación de la pena capital a colombianos en el exterior. Otros tres compatriotas condenados por tráfico de drogas esperan el mismo castigo en el país oriental.
Estos casos, dolorosos, sin duda, para los condenados y sus familias, deben constituirse en moralejas para quienes alguna vez han considerado la posibilidad de llevar droga a otro país.
Hay que tener claro que, aunque en Colombia no haya pena de muerte, cada país tiene su propia forma de castigar los delitos, unos son más duros y otros más laxos. Por eso resulta ingenuo pensar que la Cancillería colombiana podrá reversar estas condenas, si aquí la pena de muerte es considerada un castigo extremo, allá es legal; si acá las capturas por narcotráfico son tan cotidianas que la sociedad lo ve como algo común, allá es visto como algo muy grave. La legislación de cada país y las penas que esta impone son un reflejo de su cultura.
En ese sentido, quien se atreva a cometer un delito en otro país debe tener claro que será juzgado de acuerdo a la legislación que viole, y nada importará a quien determine el castigo si la pena a imponer existe o no en Colombia.
Entendiendo y respetando el drama que viven las familias de quien fue ejecutado y de quienes están en lista de espera, es un error victimizar a los condenados y centrar el debate en la dureza del régimen chino, aquí la moraleja es que el delito no paga y que no en todas partes la justicia es tan flexible y blanda como en Colombia.