Hay que trabajar con el barrismo, pero no se puede caer en un juego extorsivo
Las barras bravas, un problema mal manejado
Lo ocurrido en el estadio Atanasio Girardot amerita acciones y medidas no solo en Medellín, sino en todo el país, con el propósito de evitar que las barras del fútbol sigan siendo generadoras de violencia.
Es claro que los equipos y los gobiernos locales deben hacer un trabajo social con los miembros de las barras, basado en pedagogía y en la apertura de oportunidades que saquen a estos jóvenes de la lógica de la violencia, pero el barrismo social no puede ser, bajo ninguna circunstancia, la normalización de una extorsión en la que delincuentes disfrazados de hinchas reciben prebendas a cambio de no generar violencia.
Lo ocurrido en Medellín confirma lo peligroso y equivocado de este esquema, pues al dejar de percibir ciertos beneficios por parte del equipo, la barra del Nacional arremetió de manera violenta.
En ese sentido, se equivocan quienes justifican este comportamiento, pues es realmente injustificable. En Colombia ha faltado mano dura contra las llamadas barras bravas, muchas de las cuales han incurrido en conductas que deben ser judicializadas.
En el caso en cuestión, el club, en el afán de garantizar la tranquilidad dentro del estadio, cometió el error de empoderar a la barra y llegar a una mediación económica que terminó validando la violencia como mecanismo de presión.
En Colombia en general, no sólo en el fútbol, no se pueden seguir validando mecanismos de presión que rayan en la amenaza y la perturbación para obtener ciertos beneficios. Es lo que casi a diario se está viendo en las carreteras con los bloqueos.
Volviendo a las barras bravas, lo que se requiere, entonces, es un trabajo de pedagogía y oportunidades, pero sin chantajes, paralelo a una política de seguridad y judicial de mano dura, que sanciones de manera ejemplar a quienes se escudan la camiseta de un equipo de fútbol para delinquir.