Las falsas expectativas
Hay que ser claros: sacar a un actor violento de escena es importante, pero no es la paz definitiva.
Que el Gobierno Nacional y las Farc hayan llegado a un acuerdo definitivo en el proceso de paz es, sin duda, una noticia muy importante para Colombia, pero decir que esto equivale al fin de la guerra en nuestro país es sobredimensionar lo alcanzado e ignorar la dura realidad de violencia que se vive a lo largo y ancho del territorio nacional.
Lo que se logrará con la desmovilización de las Farc será neutralizar un actor armado grande y dañino, pero las demás amenazas, como el ELN, las crecientes bandas criminales y la desbordada delincuencia común seguirán al acecho de los colombianos.
No se puede hablar, entonces, del “último día de la guerra”, mientras haya ciudades como Cali con más de 1.500 homicidios al año, sin contar los heridos y los ciudadanos víctimas de otros delitos.
¿Cómo hablar del “último día de la guerra” cuando la inequidad, que es caldo de cultivo de la ilegalidad, no se ha acabado en Colombia? ¿Acaso el Gobierno está haciendo algo para evitar que más personas ingresen al mundo del crimen?
Una cosa es tener esperanzas, ser positivos y valorar lo avanzado, aunque haya muchas dudas sobre ello, y otra muy distinta es ser ilusos y perder la dimensión de la realidad. Que no ocurra con la guerrilla lo que ocurrió con el narcotráfico, que se bajó la guardia porque las propias autoridades lo creyeron acabado con la muerte de Pablo Escobar y la captura de los Rodríguez y dos décadas después sigue tanto o más vigente.
En resumen, no se puede hablar del fin de la guerra si la paz no es vista de una forma integral.
