El fenómeno crece y se transforma, y demanda soluciones más allá de lo militar

Reclutamiento forzado exige respuestas conjuntas

lunes 22 de septiembre, 2025

El reclutamiento forzado dejó de ser un problema exclusivo de la guerra y se convirtió en una práctica ligada a las economías criminales; hoy afecta a niños, adolescentes, jóvenes y adultos en municipios rurales y en ciudades intermedias.

La Defensoría del Pueblo advierte que 396 municipios están en riesgo y que en los 32 departamentos hay alertas activas, siendo el suroccidente colombiano, con Cauca y Valle a la cabeza, algunos de los escenarios más golpeados.

El panorama no puede mirarse como un delito aislado. Se trata de un engranaje de economías ilegales, como el narcotráfico, la minería ilícita, la trata de personas y el microtráfico, que encuentran en el reclutamiento una fuente inagotable de mano de obra.

Los testimonios en municipios como Caloto revelan cómo los actores criminales seducen con pequeñas sumas de dinero, motocicletas prestadas o el simple simbolismo de portar un arma, hasta que el joven queda atrapado en la organización.

Las ciudades tampoco están a salvo. En Cali, dinámicas como el “güireo” y el “chacaleo” se transformaron en espacios de captación para bandas, mientras que las redes sociales se consolidan como canales de enganche con promesas de dinero fácil y estatus.

No se trata de un fenómeno marginal, sino de una estrategia cada vez más sofisticada para ampliar las bases criminales.

Ante esta realidad, las preguntas son inevitables: ¿qué estamos haciendo como sociedad? ¿Cómo evitar que los jóvenes sean arrastrados por la promesa de un futuro ilegal?

Es claro que la respuesta no puede limitarse al despliegue militar. La prevención necesita educación, cultura, deporte, ciencia y empleo digno. Cuando se ofrecen alternativas, los jóvenes eligen caminos distintos.

El desafío exige un compromiso conjunto; Estado, sector privado, organizaciones sociales y comunidades deben articular esfuerzos para frenar este círculo perverso.

Hay que erradicar la pobreza y la exclusión que facilitan la captación, mejorar los sistemas de denuncia y acompañamiento y, sobre todo, garantizar oportunidades reales para quienes hoy ven en la ilegalidad la única salida.


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