Después de denunciar durante cuatro años supuestos golpes de Estado, ahora es Petro quien se comporta como golpista
Petro y Cepeda: ¿Dictadores sin poder?
A lo largo de su mandato, el presidente saliente Gustavo Petro convirtió el supuesto “golpe de Estado” en una muletilla política.
Cada decisión judicial que no compartía, cada pronunciamiento de un organismo de control, cada actuación del Congreso o de cualquier otra institución que limitara sus decisiones era presentada como un intento por derrocarlo.
Como en la fábula del pastor mentiroso, fueron tantas las denuncias, siempre sin fundamento, que terminaron perdiendo credibilidad.
Paradójicamente, hoy quienes parecen desafiar el orden democrático son el propio Petro y el excandidato presidencial Iván Cepeda.
Ambos se niegan a aceptar plenamente el veredicto de las urnas que eligió legítimamente a Abelardo De la Espriella como presidente de Colombia para el período 2026-2030, una elección que fue vigilada por organismos nacionales e internacionales, auditada en todas sus etapas y validada por las misiones de observación electoral.
Sin embargo, lejos de reconocer esa realidad, Petro y Cepeda han optado por mantener un discurso que alimenta la desconfianza y la confrontación.
El llamado del excandidato presidencial a la denominada desobediencia civil “pacífica”.
A esto se suman declaraciones como las pronunciadas recientemente por una dirigente de la Juventud Comunista, que habló abiertamente de “hacer invivible este país” para el nuevo presidente, lo que indica que desde el petrismo se está construyendo deliberadamente un ambiente de agitación que puede desembocar en nuevos episodios de violencia.
¿Qué puede ser más contrario a la democracia que negarse a aceptar una elección limpia porque el resultado no favoreció a un determinado proyecto político?
La democracia no consiste únicamente en participar cuando se gana.
También exige la grandeza de reconocer la derrota y ejercer una oposición responsable dentro de las reglas del Estado de derecho.
Da la impresión de que Petro y Cepeda asumieron la peligrosa lógica de que, si el poder no les pertenece, entonces el país debe volverse ingobernable.
Durante años hubo quienes advirtieron sobre las tendencias autoritarias del presidente Gustavo Petro y en la campaña presidencial también se expresaron temores frente a la posibilidad de que Iván Cepeda representara una visión profundamente radical del ejercicio del poder.
Ahora, más allá de esas opiniones, lo cierto es que sus actuaciones parecen confirmar lo que tanto se advirtió sobre ellos.
Colombia necesita exactamente lo contrario. Necesita serenidad, respeto por las instituciones y una oposición responsable y democrática.
Los colombianos deben rechazar cualquier llamado a la confrontación, al desconocimiento de las instituciones o a la desestabilización del país.
Independientemente de por quién hayan votado, la apuesta nacional debe ser que al nuevo gobierno le vaya bien, porque de ello depende el bienestar de todos.
No puede permitirse que, por satisfacer las vanidades, los egos y la evidente adicción al poder de dos malos perdedores, Colombia vuelva a padecer escenarios de caos como los vividos durante el violento estallido de 2021.