¡Salud!
Anoche, cuando el reloj de mi casa sonó con doce campanadas, levanté mi copa y brindé no sólo por mi familia presente, sino por los seres que este año se despidieron para no acompañarnos más.
Brindé mirando a cada uno a los ojos, incluso a los no presentes, amando cada momento, cada centímetro cúbico de aire que ingresaba a mis pulmones, cómo en cámara lenta, mientras las burbujas del champagne ascendían por la estirada copa, agradecí poder seguir viendo sonreír a mi mamá, a mi hermano y a mi esposa.
Brindé tomando de una edición limitada de Dom Perignon que mi abuelo reservaba para una “ocasión especial” y que nunca quizo disfrutar. Me acordé de los muchos planes que teníamos juntos y que fuimos postergando por razones que hoy siento estúpidas. Brindé entonces porque la vida es demasiado corta.
Brindé también por mis amigos, muchos de los cuales hoy están contagiados por covid tras una ajetreada Feria de Cali. Brindé deseando su pronta recuperación, brindé porque estuvieron ahí en las buenas y en las malas, porque se que lo estarán ahí por mucho tiempo más, porque son la familia que uno escoge y con quienes comparto incomparables momentos.
Brindé por un año amargo, que se va y que ojalá no vuelva nunca, por un año que se llevó a muchos y nos dejó tristezas, vacíos y pesares, que nos exigió al máximo y que quisiera borrar para siempre. Brindé entonces por el aprendizaje y las fuerzas adquiridas que nos quedan tras un combate perdido.
Brindé con lágrimas en los ojos pero con mis cinco sentidos mas despiertos que nunca, analizando profundamente la palabra que hemos utilizado durante siglos para brindar, la palabra que es hoy el único deseo para mi, mi familia y mis amigos, palabra que esta vez cobró mucho más sentido en mi vida. ¡SALUD!