Check list de lo que deben revisar las familias antes de aceptar su uso en clase
Inteligencia artificial en colegios
La IA entró a los entornos escolares, pero no siempre con una comprensión clara de lo que implica.
En Colombia, su presencia suele verse en tareas, asistentes de estudio, sistemas de retroalimentación, plataformas de evaluación y herramientas que prometen “personalizar” el aprendizaje.
El problema es que muchas instituciones adoptan estas soluciones como sinónimo de innovación, sin revisar a fondo cómo operan, qué datos procesan y qué efectos pueden tener sobre el aprendizaje, la privacidad y la autonomía de los estudiantes.
La Unesco ha advertido que la tecnología emergente puede aportar a la enseñanza, pero también plantea riesgos de sesgos, opacidad, dependencia tecnológica y uso inadecuado de datos, sobre todo cuando se implementa sin criterios pedagógicos sólidos.
En Colombia, además, la Ley 1581 de 2012 exige protección reforzada para la información de niños, niñas y adolescentes.
“Que una institución educativa use inteligencia artificial no significa solo que tenga chatbots o generadores de contenido, también implica integrar sistemas que analizan datos, reconocen patrones y ofrecen respuestas o recomendaciones automatizadas”, explica Sandra Milena Cortes Muñoz, directora de la Especialización virtual en Informática para la Innovación Educativa de Areandina.
Esa precisión importa porque ayuda a entender que el riesgo no está solo en la herramienta visible, sino en lo que ocurre detrás: captura de información, procesamiento automatizado y decisiones basadas en modelos que no siempre son comprendidos por docentes, directivos ni familias.
No reemplaza al docente
Uno de los errores más frecuentes aparece cuando esta herramienta empieza a reemplazar al docente en lugar de complementar su trabajo.
Eso ocurre cuando se delegan explicaciones, retroalimentación, generación de respuestas o incluso evaluación a sistemas automatizados sin mediación pedagógica suficiente.
“En esos casos, la IA deja de ser un recurso didáctico y se convierte en el principal proveedor de información, reduciendo el papel del docente como orientador del pensamiento”, señala Cortes.
El efecto puede ser serio: estudiantes acostumbrados a recibir respuestas inmediatas, pero con menos análisis, contraste de fuentes, escritura crítica y construcción de criterio propio.
Las preguntas clave para padres y acudientes
Para las familias, la pregunta útil no es solo si el colegio usa inteligencia artificial, sino cómo la está usando.
La primera señal a revisar es si existe una política institucional clara: para qué se emplea, en qué materias, bajo qué límites y con qué propósito pedagógico.
La segunda es si los docentes han recibido formación para integrarla en el aula.
La tercera es si hay criterios transparentes para saber cuándo la IA acompaña el aprendizaje y cuándo interviene en procesos de evaluación.
También conviene mirar con lupa el tema de datos personales.
Muchas plataformas procesan rendimiento académico, hábitos de estudio, participación, comportamiento e interacciones digitales.
“Los padres deben verificar que el colegio informe claramente qué datos recolecta, para qué los usa, quién puede acceder a ellos y por cuánto tiempo se almacenarán”, advierte Cortes.
Además, debería existir autorización expresa para el tratamiento de datos de menores, junto con canales para consultar, actualizar o solicitar la eliminación de esa información cuando sea necesario.
En reuniones o consejos académicos, vale la pena hacer preguntas concretas: ¿qué herramientas de IA utiliza el colegio?, ¿los docentes fueron capacitados?, ¿la IA se usa para apoyar o también para calificar?, ¿cómo se protege la información personal?, ¿qué criterios garantizan que el estudiante siga desarrollando pensamiento propio y no dependa por completo de la herramienta? Si la institución no puede responder con claridad, probablemente todavía está en una fase de adopción tecnológica sin orientación pedagógica suficiente.
Otra señal positiva es que el colegio enseñe a verificar información, citar fuentes, reconocer límites de estas herramientas e identificar posibles errores o sesgos.
“El verdadero reto no es solo usar IA, sino desarrollar alfabetización en inteligencia artificial para que docentes y estudiantes la utilicen de forma crítica, ética y pedagógicamente pertinente”, concluye la docente.
Padres y estudiantes necesitan entender qué información es seguro compartir, cómo leer una política de privacidad y por qué una respuesta automatizada no equivale a una verdad.
La IA puede ser una aliada poderosa, pero solo si acompaña el aprendizaje sin reemplazar el pensamiento propio ni convertir el colegio en una caja negra de decisiones automatizadas.