Invertir el flujo tecnológico tradicional para transformar las máquinas en espejos que activen el criterio propio

Sócrates nunca usó IA. Pero nos dejó el mejor método para usarla bien.

jueves 11 de junio, 2026

Rosa María Agudelo Ayerbe

Hace varios días tengo una inquietud que no me deja en paz. No es técnica. Es más profunda.

¿Cómo no dejar de ser yo quien piensa cuando uso IA?

Trabajo con inteligencia artificial todos los días. La uso para analizar, estructurar, escribir, verificar, diseñar estrategias.

Y en algún momento, entre una iteración y otra, me hice esta pregunta: ¿Estoy pensando con la IA o estoy dejando que la IA piense por mí?

No es lo mismo. Y la diferencia no siempre es visible en el resultado.

El modelo que todos usamos sin cuestionarlo

Hay una forma de trabajar con IA que se ha vuelto tan natural que ya no la nombramos: nosotros le preguntamos, la IA responde, nosotros validamos o descartamos. El output mejora con cada vuelta. El proceso es eficiente.

Lo que ese modelo no garantiza es que el conocimiento sea nuestro y además se generaran respuestas “universales”.

Cuando la IA responde antes de que tengamos tiempo de pensar, ocurre algo sutil pero sistemático: nuestras propias ideas llegan tarde.

Nos volvemos revisores de lo que generó la máquina en lugar de autores. El output puede ser excelente. Pero no es nuestro. Es un output que aprobamos.

Lo que Sócrates entendía que nosotros estamos olvidando

Sócrates no enseñaba dando respuestas. Enseñaba haciendo preguntas.

Interrogaba a sus interlocutores no para humillarlos, sino para exponer lo que creían saber pero no sabían — y, más importante, para activar lo que sabían pero no habían articulado todavía.

El método socrático parte de una convicción radical: el conocimiento no se transfiere desde afuera.

Emerge desde adentro, cuando alguien hace la pregunta correcta en el momento correcto.

Eso es exactamente lo que la mayoría de nosotros no le estamos pidiendo a la IA.

El experimento

Hace unos días, en medio de un ejercicio académico, decidí invertir el flujo. En lugar de pedirle a la IA que desarrollara respuestas, le pedí que me hiciera preguntas.

Que identificara supuestos sin verificar. Que señalara contradicciones en mi propio razonamiento antes de proceder.

En el proceso tradicional, la IA había construido un modelo técnicamente correcto pero estratégicamente no reflejaba toda la experiencia que yo tenía como Gerente.

Entonces, le pedí que me hiciera preguntas estratégicas para orientar el trabajo.

Lo que emergió fue el método socrático, pero invertido: no la IA interrogándome para exponer lo que no sé, sino la IA interrogándome para activar lo que ya sé pero aún no he articulado.

Un espejo que amplifica, no una pantalla que sustituye.

Este diálogo, generó un resultado sorprendente. La capacidad de análisis de la IA con el toque de mi experiencia.

La jerarquía que no podemos ceder

El Foro Económico Mundial plantea en su Mapa de Competencias del Líder 2030 que la ventaja ya no está en quién tiene acceso a la IA, sino en quién sabe qué preguntarle. Es un avance importante sobre la idea de que basta con tener la herramienta.

Pero lo que este experimento me mostró va un paso más allá: no se trata solo de saber preguntar. Se trata de construir un diálogo donde la IA también te pregunta a ti.

Una conversación bidireccional y retadora, donde ninguno de los dos lleva el guion completo. Donde la máquina te devuelve la incomodidad que necesitas para pensar mejor, y tú le devuelves el criterio que ella no puede tener sola.

Eso no es eficiencia. Es co-inteligencia real.

Y requiere algo que ningún tutorial enseña: la disposición de llegar a la conversación con algo propio. Con una pregunta genuina. Con la exigencia de que la primera respuesta no sea suficiente.

Esa jerarquía no la establece la tecnología. La establece quien decide no ceder el pensamiento.

Y ahí, veinticinco siglos después, Sócrates tenía razón: el conocimiento no emerge de la mejor respuesta. Emerge del mejor diálogo.

Rosa María Agudelo Ayerbe es directora de Diario Occidente, fundadora de DO Tech y autora de Cuidar con Amor: La felicidad es posible en el Alzheimer.


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