Cuando el cansancio se convierte en identidad
La adicción silenciosa a estar ocupado
Hay una frase que se repite cada vez más en conversaciones cotidianas: “estoy cansado”. Se dice casi como una carta de presentación, como una prueba de que uno está haciendo lo suficiente, de que la vida es intensa, de que se está cumpliendo con lo que se espera.
El cansancio dejó de ser una señal de alerta para convertirse en una medalla invisible. Y eso debería preocuparnos.
Vivimos en una cultura donde estar ocupado es sinónimo de ser valioso. Si alguien descansa, parece sospechoso. Si alguien no está agotado, parece que no está esforzándose lo suficiente.
Así, poco a poco, el cansancio se volvió identidad. No es algo que se siente, es algo que se es. “Yo soy así, siempre cansado”. Y detrás de esa normalización hay una adicción silenciosa.
La adicción a estar ocupado no siempre se nota. No implica trabajar todo el tiempo, sino sentir que siempre hay algo pendiente, algo que hacer, algo que resolver.
Incluso en momentos de descanso, la mente sigue funcionando. El cuerpo está sentado, pero la cabeza corre. Revisamos el celular, adelantamos tareas, pensamos en lo que viene.
Descansar sin culpa se vuelve casi imposible.
Esta adicción se alimenta de reconocimiento social. Cuando decimos que estamos cansados, recibimos validación. Nadie cuestiona al agotado.
Al contrario, se le entiende, se le admira, se le compadece. El problema es que ese refuerzo constante nos aleja de la pregunta más importante: ¿por qué estamos tan cansados todo el tiempo?
Muchos no saben estar en pausa. El silencio incomoda. El tiempo libre genera ansiedad. Aparece una sensación extraña de inutilidad, como si descansar fuera perder el tiempo.
Entonces se llenan los espacios con actividades, compromisos, pantallas, obligaciones autoimpuestas. No siempre porque sea necesario, sino porque no sabemos hacer nada sin producir algo.
El cuerpo, sin embargo, no negocia. El cansancio sostenido empieza a manifestarse en forma de irritabilidad, falta de concentración, apatía, dolores físicos, insomnio o desmotivación.
Pero como no hay una enfermedad concreta, se sigue adelante. Se toma café, se duerme menos, se aguanta. Hasta que un día el cuerpo obliga a parar.
Lo más irónico es que esta adicción no siempre está ligada al éxito. Muchas personas están exhaustas sin sentirse satisfechas. Mucho movimiento, poco sentido.
Mucho esfuerzo, poco disfrute. La vida se convierte en una lista interminable de cosas por hacer, pero no en un espacio para vivir.
Salir de esta dinámica no es fácil porque implica cuestionar creencias profundas. Implica aceptar que descansar no es fracasar.
Que no todo momento debe ser productivo. Que el valor personal no se mide por el nivel de agotamiento. Implica reaprender a estar sin hacer.
Descansar no es solo dormir. Es desconectarse mentalmente. Es permitirse no responder. Es no llenar cada espacio con ruido.
Es aburrirse un poco. Y eso, en una cultura acelerada, es casi revolucionario.
Tal vez no estamos cansados porque hacemos demasiado, sino porque nunca paramos de verdad. Y reconocerlo no es debilidad. Es el primer paso para recuperar energía, claridad y sentido.