29 de junio, día de los ahijados
De “La Dulzada” a las macetas caleñas
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente
Desde hace diez años, en el 2013, fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación, esa vieja costumbre caleña de los padrinos que congratulan a sus ahijados regalándoles macetas. Según la tradición oral y las narraciones de algunos cronistas, Dorotea Sánchez, una mujer afrodescendiente que habitaba en san Antonio, que era humilde hasta el punto de no tener para comprarle un regalo a su hijo el día de su cumpleaños, divulgó la suerte de haber recibido un milagro concedido por san Pedro y san Pablo, quienes tras atender su petición le enseñaron a preparar alfeñiques para la celebración. Las macetas están hechas en balsos de maguey, adornados con figuritas moldeadas con masa de azúcar y cintas de colores.
El 29 de junio los caleños celebramos de una manera particular el día de los ahijados, pues desde hace más de medio siglo, los padrinos adoptaron como ícono la maceta. Este regalo para los ahijados, tiene antecedentes en el antiguo arte gastronómico nacional de preparar golosinas y en la costumbre halagadora de obsequiar dulces, arraigados en la tradición y registrados por la literatura. Pero la celebración caleña, que tomó como su emblemático objeto una maceta en maguey adornada con figuritas de masa de azúcar, se autodenominó con una palabra prestada, pues este término fue acuñado anteriormente y representa la costumbre derivada de la jardinería, consistente en regalar plantas en materas pequeñas (macetas).
Antes de referir las macetas caleñas, repasemos “Los maderos de San Juan”, ronda infantil que otrora coreamos con los versos de José Asunción Silva, que homenajean el alfeñique, es decir, las figuras de la maceta. En “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, Úrsula Iguarán inicia en Macondo su emprendimiento produciendo figuritas de animalitos de caramelo. Estos dos ejemplos literarios demuestran que engolosinar a los niños, y por qué no, también a los adultos, es una costumbre social que viene desde épocas pasadas. De ahí, el título de este informe de Cultura, en homenaje al poema “La Dulzada” de Ángel Cuervo, y las crónicas sobre la costumbre de regalar macetas, narradas por Raúl Silva Holguín.
La Dulzada
Don Ángel Cuervo, hermano del lingüista Rufino, nació en Bogotá en 1838 y murió en Francia en 1896. La Dulzada, es un poema épico de caramelo, risueño y burlesco, -dice Eduardo Guzmán Esponda-, donde la oblea, viene a ser la Elena, de esta Iliada de alfeñique, versa sobre las pugnas de repostería y gastronomía, entre lo tradicional y lo nuevo venido de Francia, de Inglaterra y de Estados Unidos, de la Bogotá de los años 60 del siglo XIX. Al humorismo gastronómico se ha unido el humorismo histórico”. La Dulzada”, editado en 1867, en la imprenta de don Nicolás Gómez, reza en su prólogo: “La Dulzada, jácara sin sal ni dulce, para quien no pague los seis reales de su ejemplar. Poema en ocho cantos y un epílogo, por el postrer santafereño”. Un siglo más tarde, en 1973, el Instituto Caro y Cuervo, rescata la obra y, entonces, publica una segunda edición. Desfilan todos los dulces, desde los que tientan a los niños en las puertas de las escuelas, hasta los que endulzan los banquetes a modo de postres.
Alfeñiques y caramelos
“Aserrín/ Aserrán/ Los maderos de San Juan, / piden queso, piden pan, / los de Roque/ alfandoque/ los de Rique/ alfeñique/ ¡Los de triqui/ triqui, tran! (Los maderos de San Juan. José Asunción Silva)
“En aquella casa extravagante, Ursula pugnaba por preservar el sentido común, habiendo ensanchado el negocio de animalitos de caramelo con un horno que producía toda la noche canastos y canastos de pan y una prodigiosa variedad de pudines, merengues y bizcochuelos, que se esfumaban en pocas horas por los vericuetos de la ciénaga”. (Cien años de soledad, página 53).
Dulcísima armonía
“La Dulzada”, es un poema conformado de ocho cantos, cada uno con más de veinte versos. Ángel Cuervo, su autor, compuso versos de singular dulcísima armonía, que estimula el alborozo, el placer y el gozo: “Venid, pues, dulces genios de mi infancia/ A batir esas alas deliciosas/ Con que endulzábais la pequeña estancia/ Que tantas horas me brindó preciosas./ Venid y que mi pluma sin jactancia/ Al mundo conmemore aquellas cosas/ Que sepultar el tiempo altivo quiere/ En el abismo donde todo muere/. Las panuchas, merengues y cocadas/ las orejas de fraile y las obleas,/ las yemas, caramelos y cuajadas,/ Alfeñiques, tomates y grajeas/ Recorría con rápidas miradas,/ Sin que fijar pudiera mis ideas/ Sobre cuál de esos dulces me sería/ Más sabroso y más tiempo duraría”.
Tradición caleña
“La víspera del cumpleaños de los hermanos Sánchez, la madre no disponía de un solo real para celebrárselo y solo tenía un poco de azúcar de pan y decidió prepararles dulces de conserva, creyendo encontrar en el huerto brevas y limones. Pero al buscarlos, nada había en el solar. No obstante, hizo lumbre en las tres en las tres tulpas y puso en ellas la paila de cobre que había heredado de su abuela Martina y echó en el recipiente agua y azúcar. Y mientras se calentaba la mezcla, reflexionó: Pero si no tengo canela, ni clavos y ni pimienta dulce. Caray, solo aguadulce… No puede ser. Si San Pedro y San Pablo vinieran a ayudarme…Y los nombraba segundos padrinos de sus hijos. Así nació la leyenda de las macetas”. (Tradiciones caleñas. Raúl Silva Holguín).