Literatura contra el desastre global

Del romanticismo al realismo mágico

domingo 7 de noviembre, 2021

Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente

A propósito de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático COP 26, que se celebra en Glasgow, entre el domingo 31 de octubre y el viernes 12 de noviembre, reflexionemos sobre el papel asumido por la literatura contra los desastres ecológicos.

Algunas veces la contextualización de la literatura se queda corta en relación con las características de los espacios habitados por los personajes y, sin embargo, son determinantes ecológicos, económicos, sociales, políticos e históricos para narrar los hechos. En algo parecido incurrió la educación colombiana en relación al estudio de la geografía, solía desestimar la geopolítica.

Las concepciones ideológicas que determinan la relación de los hombres con el aprovechamiento de los paisajes naturales, la planeación de las políticas estatales para la explotación de los recursos y la acción devastadora de las potencias mundiales que afecta letalmente el equilibrio ecológico universal, son elementos que erróneamente consideramos como asuntos exclusivos de los políticos o de los líderes de los movimientos ambientalistas.

Hay escritores que excluyen lo ambiental en sus narraciones y los lectores lo dejamos al margen en nuestras interpretaciones literarias. Pero las ficciones caen en el simplismo literario cuando sus personajes son angelicales, viven en mundos supra terrenales y se ahogan por el exceso de metáforas.

Jorge Isaacs, José Eustasio Rivera y Gabriel García Márquez, sí aterrizan los personajes en sus narraciones, resaltando de manera preponderante los asuntos ambientalistas.

Narradores ambientalistas

“María” (1867) de Jorge Isaacs, “La Vorágine” (1924) de José Eustasio Rivera y “Cien años de soledad” (1967) de Gabriel García Márquez, son obras bien referenciadas paisajísticamente y con los méritos de haber universalizado a Colombia.

Isaacs, contextualizó en el paisaje vallecaucano la historia romántica y descripciones sedujeron la inmigración japonesa a crear empresas. Rivera denunció el desastre ecológico de la selva del Orinoco iniciado hace dos siglos con la explotación cauchera. Gabriel García Márquez evoca aquellos pueblos macondianos que emergieron entre los edénicos paisajes, que serían víctimas de la explotación bananera, convulsionarían en la tragedia social y, que finalmente, sucumbirían entre los desastres ambientales.

En tiempos del calentamiento global estas narraciones retoman vigencia y por ende invitan a que les hagamos relecturas ambientalistas. Hay que resaltar de Jorge Isaacs, que además de poeta y novelista, fue un gran investigador de los contextos ambientales de las tribus indígenas sobrevivientes entre la espesa geografía del Magdalena. Cuando se desempeñó de inspector nacional de educación, propuso la creación de escuelas agrícolas. Gabriel García Márquez, no sólo fue un narrador literario, también fue un pacifista y en los foros mundiales advertía el desastre global.

Tres miradas paisajísticas

“Los resplandores que delineaban hacia el oriente las cúspides de la cordillera central, doraban en semicírculos sobre ella algunas nubes ligeras que se desataban las unas de las otras para alejarse y desaparecer. Las verdes pampas y selvas del Valle se veían como al través de un vidrio azulado, y en medio de ellas, algunas cabañas blancas, humaredas de los montes elevándose en espiral, y alguna vez las revueltas de un rio. La cordillera de occidente, con sus pliegues y senos, semejaba mantos de terciopelo azul oscuro suspendidos de sus centros por manos de genios velados por las nieblas”. (María, Isaacs). “Picadlo, picadlo con vuestro hierro, para que experimente lo que es el hacha en la carne viva. ¡Picadlo, aunque esté indefenso, pues él también destruyó los árboles y es justo que conozca nuestro martirio” (La Vorágine. Rivera). “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un rio de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos (…) Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos” (Cien años de soledad. García Márquez).

Alianza contra el desastre

Gabo, de novelista narró el origen y la destrucción de Macondo, y en los foros mundiales invitaba a detener la inminente catástrofe ecológica latinoamericana.

En México, durante la I Cumbre Iberoamericana del Grupo de los Cien, 19 de julio de 1991, propuso una alianza ecológica entre nuestros países: “Cada año se vierten millones de toneladas de desechos tóxicos en nuestras aguas, que los países desarrollados han convertido en un inmenso basurero de venenos. El 78% de estos desechos provienen de los Estados Unidos.

Es decir, lo que costó a la naturaleza millones de años para ser creada, los humanos la habremos destruido en poco más de cuarenta. Por fortuna, todavía los latinoamericanos tenemos mucho más que salvar: de los novecientos millones de hectáreas de bosques tropicales en la Tierra, nosotros tenemos un 58% del cual sólo Brasil tiene 33%.

Panamá posee tantas plantas como Europa. Por el Amazonas no sólo fluye la quinta parte del agua dulce de la tierra cada día, sino que es el ecosistema más rico y complejo del mundo y su banco genético el más vasto.

México y Colombia son dos de los cuatro países con mayor diversidad de flora y fauna del mundo. Sólo una acción unitaria, enérgica y perseverante de nuestros gobiernos puede preservar estas riquezas de la catástrofe final”.

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