Cine y memoria histórica de Argentina
“La noche de los lápices”: cuatro décadas desde su premier
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente
Los alegres estudiantes platenses con los dedos de sus manos hacían la V de victoria y celebraban el logro del boleto estudiantil secundario, cada que se encontraban en las avenidas o en los parques, a la salida de sus clases y, también, era el saludo fraternal al reunirse a hacer sus obligaciones en casas de compañeros.
Los chicos sabían que tenían que defender el boleto estudiantil secundario, que les otorgaba el derecho de descuento del 50% en valor del pasaje urbano, logrado el 12 de septiembre de 1975, pero que tras el golpe militar temían fuese derogado.
Preparaban la gran marcha convocada por la Unión de Estudiantes Secundarios y en asamblea estudiantil discutían las estrategias, sin descartar el cómo afrontar la posible represalia de la fuerza pública.
Sin que se percataran los siete estudiantes que intervinieron, fueron seguidos hasta sus casas por agentes de civil infiltrados.
Noche trágica
“La noche de los lápices”, cumple cuatro décadas desde su premier en 1986, filme con connotación de memoria histórica sobre los años aciagos de la dictadura militar en Argentina.
Héctor Olivera fue uno de los directores y los productores argentinos que regresaron de sus exilios cuando su patria retomó la democracia; dispuestos a narrar los hechos de represión, tortura y desapariciones, los crímenes de lesa humanidad que padeció su patria durante los cinco años, de 1976 a 1981, que estuvo en el poder la Junta Militar encabezada por Rafael Videla.
“La noche de los lápices”, basó su guion en la investigación periodística adelantada por María Seoane y Héctor Ruiz Núñez.
El filme “La noche de los lápices”, no recrea persecuciones contra integrantes de los “Montoneros”, tampoco la judicialización y condena de los dirigentes de sindicatos obreros que lideraron los paros.
Registra un hecho inverosímil, nunca antes ocurrido en dictadura alguna, el secuestro de siete menores sacados de noche de sus casas, vendados sus ojos y llevados a sitios clandestinos de tortura.
Siete chicos, entre 16 y 18 años, que cursaban la secundaria en instituciones públicas, adolescentes victimizados por el sólo hecho de reclamar un boleto estudiantil, que como derecho los había beneficiado el año lectivo anterior.
Víctimas
Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero y María Clara Ciochini, fueron detenidos en la noche del 16 de septiembre de 1976.
Pablo Díaz, cinco días después, el 21 de septiembre de 1976 y, finalmente, fue el único sobreviviente, porque lo relacionaron como preso legal, tras declaración obligada de que repartía panfletos subversivos y donde también confesaría que “a nadie más vio en el sitio de detención y que recibió un buen trato de parte de los militares”.
Estuvo condenado durante cinco años hasta que fue concedida su libertad cuando se posesionó el nuevo Gobierno democrático.
Investigación periodística
María Seoane y Héctor Ruíz Núñez, periodistas que narraron al mundo los crímenes, recopilaron la investigación en el libro “La noche de los lápices” y lo presentaron en homenaje a los adolescentes mártires.
Ellos asistieron a las audiencias contra los militares, registraron archivos judiciales, hablaron con los familiares de los chicos y, sobre todo, escucharon los testimonios de Pablo Díaz.
“Los años transcurridos no han hecho más que sedimentar nuestra convicción de que edificar la memoria de una sociedad es un aprendizaje vital que la hace más libre y democrática. La historia que aquí contamos narra una de las mayores tragedias argentinas de todos los tiempos: el secuestro, la tortura, la desaparición y el posterior asesinato de un puñado de estudiantes secundarios, casi niños, ocurrido en la ciudad de La Plata en 1976, en tiempos de la dictadura, cuando la vida y la libertad no valían nada”.
Versión fílmica
Héctor Olivera, (1931), guionista, productor y director argentino, aunque estudió arquitectura, decidió trabajar en cine desde muy joven, su vocación apareció la vez que conoció un estudio cinematográfico y quedó encantado con la actividad que observó.
Es un reconocido y versátil director argentino, cuyas producciones se clasifican en varias tendencias, dirigió más de cuarenta películas, que figuran como cine comercial, de comedia y de humor, otras, como filmes de puesta en escena de obras literarias.
Con “La Patagonia rebelde” (1974) y “La noche de los lápices” (1986) pasó a figurar como director de cine independiente, político y latinoamericano.
Héctor Olivera, filmó diez años después los hechos reales, con el mérito de haber rodado en las casas donde los chicos habitaban; las escenas escalofriantes en los sitios donde estuvieron secuestrados y torturados.
Particularidad excepcional de la película fue que contó con la colaboración de Pablo Díaz, único sobreviviente que inspeccionó que las escenas fueran fieles con los hechos.
Previamente, con los interrogatorios de Pablo Díaz, los jueces habían iniciado las audiencias con que investigaron a los militares responsables. Al cumplirse medio siglo de los nefastos sucesos y cuatro décadas del filme “La noche de los lápices”, él confiesa que “cada vez que mira su proyección fílmica siente sanación interior”.
Epílogo
A manera de epílogo, los autores del libro, lo publican dirigido a las nuevas generaciones de estudiantes.
“Tal vez porque los adolescentes intuyeron que estaban fundando su propia historia, tal vez porque eran la herida más abierta de una sociedad que emergía de una larga pesadilla, o porque sabían que muchos de sus sueños habían quedado truncos, nuevas voces se asumen de inmediato como herederos naturales de las banderas estudiantiles y del compromiso social de los chicos secuestrados aquel 16 de septiembre de 1976”.
En 1991, los estudiantes del Colegio Nicolás Avellaneda, pintaron en un mural: “Los lápices eran de colores”
Amor prisionero
Pablo Díaz, recuerda que vivió un romance muy breve con María Claudia Falcone, amor que desde hace medio siglo acrecienta, desde el día que los militares lo sacaron del anonimato y lo clasificaron como preso legal.
Primero fue un amor adolescente de compañeros de lucha, luego ambos prisioneros y torturados. Finalmente, aunque ella no está, la siente como su amor eterno. Su recuerdo le inspira muchos versos.
“Hoy me he quedado inmóvil/ observando en el recuerdo/ el beso que se estrellaba en el muro./ Flor o acero, Ni ángel ni desángel. /Sólo la verdad desnuda./ La voz es un reclamo de amor y un instante duro. /Donde estás, en qué tiempo, en qué mundo te encuentro?/ Hasta dónde estiro la mirada para verte?” (Poema de Pablo Díaz para Claudia. Junio de 1985).