Un encuentro con el hombre que alegró miles de corazones con el turismo
La última entrevista de Belisario Marín
La primera vez que escuché a Belisario fue en la universidad. Era primer semestre, yo nueva en la ciudad, con pocos amigos pero con muchas ganas de volar.
Su historia me sorprendió, siempre que uno la escuchaba salía con ganas de comerse el mundo, él era la prueba viviente de que todos podemos alcanzar lo que queremos y de que literalmente podemos volar hasta donde soñemos.
Hace un par de meses, exactamente la última semana de abril, yo con muchos sueños cumplidos y él con millones de kilómetros recorridos, nos volvimos a sentar a la mesa.
Nunca le dije que 20 años atrás sentada en un pupitre de madera vieja y rallada lo escuché por primera vez y nunca lo olvidé, porque después de escuchar a Belisario Marín, sin importar la impresión que te dejara, su nombre no se olvidaba.
La semana pasada fue particular, tres personas cercanas habían emprendido un viaje, ese que nuestra humanidad no nos deja entender y nunca queremos hacer, se habían ido por Covid.
Uno de ellos era Belisario, supe que estaba en la UCI, dos días después me desperté con la noticia de su partida.
Luego de digerir el impacto de esa triste y lamentable noticia agradecí las dos horas de charla que tuvimos en abril, no sabíamos que un paro no nos iba a dejar contar las rutas que hablamos, los planes que recreamos, él contándomelos, yo escuchándolos e imaginándomelos, porque tenía la facultad de describirte en detalle cada calle, cada tienda, restaurante, hotel, lugar, vehículo, frase, discurso o sorpresa que tuviera preparada. Planeaba traer santandereanos a Cali…
“Yo conozco Santander más que los santandereanos, casi me caso allá, me enamoré de una niña muy linda, pero salí corriendo porque ella tenía mucho enredo: dos hijos, un marido y muchos problemas.
Por eso pedí el traslado a Neiva, porque era mejor estar soltero en Neiva y no casado en Bucaramanga.
Y como conozco tanto a Santander ahora empecé a soñar con traer la gente de allá para Cali, porque es barato, un viaje que incluye el Lago Calima, la Hacienda Paraíso y el Hotel Dann de Cali.
Es un paseo baratísimo por $500 mil con todas las comidas, dormida y show de salsa, cinco días. Usted se imagina ese avión hasta las cachas, conociendo a Cali, enamorando a Cali, porque yo les digo que les consigo novia y logro que se casen con caleñas…”
Ese era Belisario, parecía culebrero, como dicen en las calles, tenía más cuentos que los Hermanos Grimm. Quería promocionar su nuevo paquete turístico con el Diario Occidente.
Cuando planeamos ésta, la última entrevista que concedió a un medio de comunicación, le dije que la hiciéramos virtual, pero no quiso. A Belisario le gustaba mirar a los ojos, mostrar el amor con el que planeaba sus paquetes turísticos, reírse contando anécdotas de cada camino, impregnar de esa magia que él cargaba y con la que viajaba cada vez que contaba uno de sus cuentos.
“Estoy que se acabe esta verraca pandemia para irme a los rotarios, son cinco clubes que tienen empresas. Usted se imagina mi mujer y yo visitando cinco clubes rotarios, vamos a traer mucha gente, una locura, un fenómeno” .
Belisario creía en lo que soñaba, no había mínima sombra de duda en sus planes, como los dibujaba los vendía, y es que parecía un personaje de cuento, todo lo que tocaba lo convertía en oro, todo lo que soñaba lo hacía realidad, todo lo que creaba lo materializaba.
Así el pueblo fuera pequeño, el lugar una simple venta de empanadas o una calle con algo de historia, él sabía cómo convertir a la gente del común en un superhéroe de película.
Todos lo consideraban su amigo porque él siempre te hacía reír, te hablaba con cariño, con pasión, te involucraba en sus historias y se divertía contigo.
Hacía cantar a la gente en el camino, entonar el himno nacional en una esquina, sorprenderte con una turba de soldados en una casa improvisada o ser saludado por una heroína de siglo pasado.
Todo estaba libreteado, pero siempre sabía cómo sorprender a los viajeros.
El Cauca
Cuando Belisario hablaba del Cauca trataba de que todos se enamoraran de él, tanto como lo amaba. “Espero que usted con su creatividad e inteligencia de periodista pueda motivar a la gente, llegar a su alma, para que venga al Cauca, para que visite Silvia”.
Siempre sabía qué decir para atraparte con sus palabras y que vivieras su misma emoción, su misma sensación.
De este destino destacaba su naturaleza y los guambianos, la comunidad indígena de la zona, lo que para él era una reliquia de Colombia, un verdadero tesoro subestimado.
El museo hotel de Silvia lo había construido él. Hace 35 años fue a ver la casa, tras conocer a la hija del dueño en un paseo en Jamundí y sólo por enamorarla fue a verla y terminó comprándola.
Tenía tres habitaciones, hoy son 32 y es un ícono de Silvia.
Contaba con mucho orgullo que nunca le había pasado nada en materia de seguridad a ningún turista nacional ni internacional que hubiera llegado hasta allá.
Su nuevo plan de viaje era ir a celebrar al hotel el cumpleaños, el día más importante de la historia de cada persona. “Es una oportunidad de que la gente le tenga respeto y amor a ese, su día de haber nacido, para que la gente no venga a este mundo a nacer y a morir sin pena y sin gloria”.
Su filosofía era servir, entregar amor, sencillamente dar. “Cuando estoy aquí y le doy 20 mil pesitos a un mensajero pa la gasolina, la cara de ellos se ilumina porque ganan el mínimo y me da una tristeza y los abrazo y quisiera darles más, pero me lo aguanto porque no hay”.
Belisario se fue a seguir viajando, se fue tranquilo, se fue con el deber cumplido. Se fue amando a cada persona que conoció, a la que le ayudó a cumplir sus sueños, a su familia, a sus empleados, a sus turistas.
Se fue tranquilo porque como bien lo dijo: “Cuando viajo lo hago tranquilo porque estoy con Dios por dentro”.
Buen viaje Belisario…