Uno de los hospitales más respetados de América Latina
“Je Suis” Imbanaco
Honrar el pasado sin quedarse en él. Pocas instituciones despiertan en Cali tanto afecto como Imbanaco.
Nació en 1976 del sueño de 28 médicos formados en la Universidad del Valle y se convirtió, con décadas de trabajo, en uno de los hospitales más respetados de América Latina.
Es natural que cualquier cambio en su interior se viva como algo personal.
Pero precisamente porque la queremos, vale la pena mirar lo que hoy ocurre con algo más de perspectiva y algo menos de nostalgia.
Lo primero es reconocer una verdad incómoda: Imbanaco no llegó a donde está quedándose quieto.
Sus fundadores tomaron decisiones audaces, algunas impopulares en su momento, para crecer, tecnificarse y competir.
La llegada de Quirónsalud en 2020 fue la continuación lógica de ese camino.
Los propios accionistas decidieron vender a uno de los grupos hospitalarios más grandes de Europa porque entendieron que el siguiente salto, en tecnología, investigación y capacidad de inversión, exigía un respaldo que una empresa regional difícilmente podía sostener sola.
Esa decisión trajo capital, estándares internacionales y la posibilidad de que Cali siga teniendo un hospital de primer nivel en medio de una de las crisis más profundas del sistema de salud colombiano.
Lo segundo es entender que toda adquisición implica una transición, y que las transiciones tienen plazos.
El acuerdo inicial contemplaba un periodo para mantener la cultura y las formas de trabajo heredadas.
Ese periodo se cumplió.
Lo que viene después no es una traición, sino la etapa en la que una organización integrada a un grupo internacional ajusta su gobierno, sus modelos de contratación y su forma de tomar decisiones.
Así funcionan las instituciones que aspiran a durar otros cincuenta años.
Nada de esto le resta un ápice al mérito de los médicos que construyeron el prestigio de Imbanaco.
Su legado es real, y la ciudad les debe gratitud.
Pero el reconocimiento a una trayectoria no puede convertirse en un derecho de veto sobre el rumbo de una empresa.
Un hospital no es propiedad emocional de un grupo, por respetable que sea; es un servicio para cientos de miles de pacientes que necesitan que funcione hoy y que siga funcionando mañana.
Cuando la discrepancia entre un cuerpo asesor y la dirección de una organización se vuelve irreconciliable, alguien tiene que decidir. Y decidir siempre deja inconformes.
Conviene también separar los planos.
El drama de los consultorios y equipos afectados por el terremoto es real y merece soluciones concretas, pero es una consecuencia de la tragedia que vivió la ciudad, no de la gestión de un propietario extranjero.
Mezclar ambos asuntos puede generar indignación, pero no ayuda a resolver ninguno de los dos.
Hay, además, un riesgo en la narrativa del “ellos contra nosotros”.
Presentar a los nuevos dueños como un poder ajeno que maltrata lo local alimenta la idea de que la inversión extranjera es sospechosa por definición.
Cali necesita exactamente lo contrario: atraer capital, retener talento y demostrar que aquí las instituciones pueden modernizarse sin romperse.
Si cada cambio se lee como una afrenta, el mensaje que enviamos al mundo es que es mejor no invertir en la ciudad.
Nada impide que el diálogo sea más cuidadoso, ni que las formas importen.
Las decisiones correctas comunicadas con torpeza duelen el doble, y la dirección de Imbanaco haría bien en explicar con mayor claridad el porqué de sus cambios.
Pero pedir que una organización no evolucione para no incomodar a nadie es pedirle que envejezca.
El mundo cambia, la medicina cambia y las empresas que la sostienen también.
Honrar a quienes hicieron grande a Imbanaco no significa congelarlo en el pasado, sino permitir que siga creciendo.
Todos somos Imbanaco, sí. Y por eso mismo queremos que tenga futuro.