Cali, abril 3 de 2025. Actualizado: jueves, abril 3, 2025 09:37

Desde la sala de redacción, 35 años de periodismo

El secuestro: una herida que Colombia aún no ha cerrado

El secuestro: una herida que Colombia aún no ha cerrado
viernes 21 de marzo, 2025

El secuestro: una herida que Colombia aún no ha cerradoPor: Rosa María Agudelo – Directora Diario Occidente

El secuestro es una de las tragedias que más me ha marcado en mi carrera periodística.

Durante los años 90 y 2000, su frecuencia era tan alta que cada fin de semana el noticiero tenía al menos una nota sobre un nuevo caso o una liberación.

En ese período, más de 23.000 personas fueron secuestradas en Colombia, una cifra que retrata la magnitud de un crimen convertido en una industria del terror.

El Gaula era nuestra fuente recurrente de información. Aprendí que revelar detalles sobre un secuestro podía poner en peligro la vida de los rehenes.

Muchas familias nos pedían no hacer pública la noticia para facilitar la negociación con los captores. Otras, en cambio, usaban la visibilidad como una herramienta de presión.

No siempre era fácil decidir qué contar y qué callar.

Cubrí algunas de las marchas contra el secuestro. La Marcha Nacional contra el Secuestro y la Violencia en 1999, la de No Más Secuestros en 2008, tras la Operación Jaque, y la de No Más FARC ese mismo año.

Los años más oscuros: cuando el secuestro era una industria

El secuestro en Colombia no fue solo una tragedia personal para miles de familias. También fue un método de financiación y presión política para los grupos armados.

El año 2000 marcó el pico más alto, con 3.572 personas secuestradas. Las FARC y el ELN capturaban civiles, militares y figuras políticas con el objetivo de extorsionar al Estado.

En sus zonas de influencia, los paramilitares también usaban el secuestro como herramienta de guerra.

Los secuestros masivos fueron algunos de los episodios más impactantes que cubrí.

El 30 de mayo de 1999, el ELN secuestró a 194 personas en la iglesia La María, en Cali, en el mayor secuestro masivo del país.

La presión del Ejército logró la liberación de 86 rehenes y 15 lograron escapar, pero 93 fueron trasladados a los Farallones de Cali.

La ciudadanía respondió con una movilización liderada por monseñor Isaías Duarte Cancino.

Tras seis meses y medio, todos fueron liberados, pero luego se confirmó que el ELN cobró dinero por cada entrega.

El secuestro en el kilómetro 18 (2000), donde más de 60 personas fueron capturadas en la vía Cali-Buenaventura, fue otro golpe brutal.

Sin embargo, el caso que más me impactó fue el secuestro y asesinato de los diputados del Valle en 2007, un crimen que conmocionó al país.

Cada vez que exigíamos pruebas de supervivencia, era una forma de presionar a los captores y de dar esperanza a las familias.

El 55% de las víctimas fueron liberadas tras el pago de un rescate, lo que convirtió el secuestro en una economía criminal que operaba con reglas propias.

La Operación Jaque (2008) fue un golpe estratégico que desarticuló parte de esa maquinaria del secuestro.

La liberación de Íngrid Betancourt, tres estadounidenses y 11 militares fue recibida con euforia en el país y expuso las debilidades de la guerrilla.

Cuando el secuestro terminaba en muerte

El secuestro no siempre terminaba con una liberación. El 13% de las víctimas fueron asesinadas en cautiverio.

El asesinato de los diputados del Valle y el del exgobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, en 2003, fueron noticias devastadoras.

Una imagen que no he podido borrar es la de los soldados y policías secuestrados en campos de concentración en la selva.

Siempre me negué a llamarlos “prisioneros de guerra“, como los presentaba la guerrilla.

Eran rehenes, utilizados como fichas de negociación, sometidos a torturas físicas y psicológicas durante años.

Más de 1.200 miembros de la Fuerza Pública fueron secuestrados por las FARC y el ELN. Muchos pasaron meses, incluso años encadenados, soportando enfermedades y tratos inhumanos.

El caso de Jhon Frank Pinchao puso rostro a esta tragedia. Secuestrado en 1998, pasó ocho años encadenado en la selva hasta que, en 2007, logró escapar y caminó 17 días hasta ser rescatado.

Su fuga reveló al país las condiciones infrahumanas en las que la guerrilla mantenía a los rehenes.

¿Realmente hemos superado el secuestro?

El secuestro en Colombia ha disminuido, pero no ha desaparecido. En los últimos 11 años, más de 3.000 personas han sido víctimas de esta práctica. El ELN, algunas disidencias de las FARC y bandas criminales mantienen este delito como una fuente de financiación.

Durante los primeros dos años del gobierno de Gustavo Petro, el secuestro aumentó en un 70%, según cifras del Ministerio de Defensa.

Hoy, la violencia ha mutado. En varias regiones del país, el confinamiento forzado se ha convertido en una nueva forma de secuestro colectivo.

Comunidades enteras viven atrapadas por grupos armados que les impiden salir de sus casas, trabajar la tierra o acceder a servicios básicos.

Es un secuestro sin cadenas, pero con las mismas consecuencias: miedo, silencio y pérdida de libertad.

Un país que no puede olvidar

Vivos, libres y en paz“. Ese fue el lema de una de las campañas contra el secuestro que apoyé.

Sigue siendo el sueño pendiente de muchas comunidades en el país.

El caso de Gustavo Moncayo, el “Caminante por la Paz“, simboliza la lucha de las familias contra el secuestro. En 2007, caminó 1.200 kilómetros en 46 días para exigir la liberación de su hijo, Pablo Emilio Moncayo, secuestrado por las FARC en 1997. Su marcha, que comenzó en soledad, terminó con miles de personas apoyándolo en su recorrido. Fue un llamado de resistencia ante la indiferencia del Estado y la crueldad de los captores.

La herida del secuestro aún no ha cerrado. Y mientras siga siendo una realidad para siquiera una persona en Colombia, no podemos permitirnos olvidarla.

Desde la sala de redacción: 35 años de periodismo

Este proyecto es una mirada al pasado, al presente y al futuro de Colombia a través de la experiencia periodística.

He sido testigo y cronista de los momentos que han definido al país: la Constitución del 91, el narcotráfico, el conflicto armado, la crisis energética y los procesos de paz, entre otros.

A través de estas crónicas, busco no solo recordar, sino entender las lecciones que el tiempo nos ha dejado.

Porque el periodismo no es solo contar la historia, sino cuestionarla y, en ocasiones, desafiarla.

📖 Encuentra las anteriores entregas de nuestra sección aquí;

Periodismo: un oficio al servicio de la gente 

Constitución de 1991: el pacto que transformó a Colombia

La historia se repite: del apagón de los 90 a la crisis energética de 2025

Narcotráfico: 35 años de un enemigo que se reinventa

Mujer y periodista; treinta y cinco años, esa es mi historia

El conflicto sigue: el Catatumbo y la guerra que nunca termino 


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