Cali, octubre 24 de 2026. Actualizado: viernes, octubre 23, 2026 21:15

Daniella Plaza Saldarriaga

A cuarenta minutos

Daniella Plaza - Presidenta del Concejo de Cali

A cuarenta minutos de mi oficina hay una montaña donde nace el agua de más de seiscientos mil caleños.

En esa misma montaña hay minería ilegal de oro, mercurio en los ríos y hombres armados cuidando socavones. Los Farallones.

No es una sospecha: hay doce bocaminas cerradas y cerca de cuarenta socavones inhabilitados, y varias de las clausuradas en 2024 volvieron a abrirse.

En 2023 el Ministerio de Ambiente reportó cerca de mil hectáreas de páramo afectadas, y calcula que recuperar la cobertura vegetal puede tomar veinte años, y el ecosistema completo, más de cincuenta.

Cincuenta años. El daño que se hace esta semana lo van a seguir viendo caleños que todavía no han nacido.

De esos ríos sale el agua de la planta Río Cali. En abril se denunció la posible presencia de trazas de mercurio en el Pichindé y el Felidia.

Emcali descartó que haya mercurio en el agua tratada, y lo digo con todas las letras: no quiero sembrar un miedo que no corresponde. Pero que el agua del grifo esté limpia hoy no significa que la fuente esté a salvo mañana.

Cualquiera diría que esto es ambiental. No solamente.

El oro ilegal mueve en Colombia unos tres mil quinientos millones de dólares al año, según el centro Valor Público de la Universidad EAFIT: comparable a todo lo que el país exporta en café, con una diferencia que lo cambia todo.

La plata de la cocaína se va; la del oro se queda aquí. Se queda financiando. La OEA lo dijo: el oro desplazó al narcotráfico como principal fuente de ingresos de varios grupos armados en Colombia.

Un socavón abierto a la fuerza en los Farallones no es un problema de árboles. Es una cuenta de cobro.

El oro sube al mercado internacional en semanas y el dinero baja a financiar al que extorsiona al tendero del oriente, al que recluta a un muchacho de quince años, al que le dispara a alguien un sábado por la noche a veinte kilómetros de ahí.

El río y el barrio están conectados por una cuenta bancaria.

Escribo esto desde Viena, en la Conferencia de las Partes de la Convención de Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, en representación del alcalde Alejandro Eder, que se quedó al frente de la reconstrucción.

Lo que entendí esta semana cuesta admitirlo: hay problemas cuya jurisdicción es más grande que la mía.

Puedo citar a debate, pedir operativos, exigir que certifiquen el agua. Lo que no puedo es perseguir el oro cuando ya salió del país.

Esa herramienta no existe en ningún acuerdo municipal: se construye acá.

Y esta semana se está construyendo: el lunes, once países —Colombia entre ellos— propusieron negociar un protocolo que tipifique los delitos ambientales, incluido el tráfico ilegal de minerales preciosos.

Si avanza, la minería ilegal dejaría de ser una infracción ambiental de cada país para ser lo que es: crimen organizado transnacional.

Pero lo que más me movió fue otra cosa. En abril, los líderes de La Leonera, Los Andes y Pichindé radicaron una petición ante veinte entidades pidiendo que alguien mirara hacia los Farallones.

Una de ellas era Naciones Unidas. Mis vecinos le escribieron a la ONU seis meses antes de que yo llegara a tocar esta puerta.

En esta misma sala, una lideresa kichwa del Ecuador y un líder wampís del Perú pidieron, con otras palabras, lo mismo que piden en Pichindé: que no decidan sobre su territorio sin ellos. Tres países hermanos, la misma frase.

Y esa es la lección: el que vive en el territorio es el que sabe.

A las familias campesinas de nuestra zona rural nadie tiene que explicarles lo que pasa en su montaña.

Lo que necesitan es que las escuchemos, y que cuidar el territorio sea una alternativa real de vida, no un sacrificio.

Desde casi cualquier ventana de Cali se ven los Farallones. Son el fondo verde del paisaje, lo que siempre está ahí y nadie mira porque no se mueve.

Ahí nace el agua que nos tomamos y ahí se está financiando parte de la violencia que nos mata.

Por eso proteger esa montaña no es un asunto ambiental: es cuidar el futuro de esta ciudad.

Los que viven allá arriba ya nos lo dijeron. Solo falta escucharlos, y mirar al occidente mañana, cuando salga el sol.

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