Cali, mayo 8 de 2026. Actualizado: jueves, mayo 7, 2026 21:34
Eder: el barrio Obrero, un sueño hecho realidad
El 11 de noviembre pasado recorrimos Ricardo Cobo y yo, por invitación del alcalde Alejandro Eder, las calles y las manzanas, que en proceso de transformación componen el proyecto de reurbanización del barrio Obrero, que a partir de ahora se convierte en un símbolo legítimo que valida el proceso mediante el cual Cali recogió la salsa sin haber nacido aquí, y la convirtió en el eje central de su imaginario colectivo.
Y digo que debe ser el símbolo porque lo cierto es que la salsa llegada de Buenaventura en disco de 78 encontró en la llamada zona de tolerancia, terminando la década del 50 y floreciendo en la del 60, los bares situados en la Calle 19 con carreras 11, 12 y 13 y que, según los sobrevivientes de la década del 37, siempre me hablaron del Sinaí, el Mongambo, Acapulco y del Danubio Azul.
Cuando transcurría la visita pasaron fugazmente por mi cabeza los recuerdos de los años 60 y 70 con Umberto Valverde, quien convirtió al barrio Obrero en un símbolo literario, a la manera de los grandes escritores.
Concluíamos noches llenas de frenesí casi que hospedados en el encanto suicida del bar Cangrejos, ese sitio que marcó toda una generación; y además, como era costumbre, Umberto siempre me llevaba a la 8 bis, calle en la cual había nacido y a la que homenajeó en su cuento “La Calle Mocha”, quizá el cuento fundador de la literatura urbana de Cali.
Ahí, en ese garaje sórdido, escuchábamos a la Sonora Matancera y amanecíamos en el encantamiento de los boleros del Alberto Beltrán con su “Aquel 19”, a Bienvenido Granda, con los coros de Rogelio, Laíto y Caíto y casi siempre enloquecidos, cuando Celia, “La Reina Rumba” como la bautizó el escritor en su innolvidable biografía, exclamaba cantando “… Laíto yo no he querido invadir tu territorio pero tengo repertorio y así quedas complacido sí”… ya despuntaba el día, eran ya las cinco de la mañana, yo lo miraba, no paraba de llorar y su llanto se profundizaba cuando aparecía de la nada Celio González indicándonos que en “El Balcón Aquel”:
“… La luna se asomó
Para mirar feliz nuestra escena de amor
Hoy ya no está y, lleno de dolor
Muy solo en el balcón, suspiro por tu amor.”
El barrio Obrero es quizás la apuesta más audaz y generosa que alcalde alguno haya hecho para convertir un pedazo de Cali en un referente de un imaginario universal como es la Salsa.
Sus calles adoquinadas obligan a recordar el esquema del Soho de Nueva York, que fue inventado por Chester Rapkin, quien en 1962 puso en marcha, a semejanza del Soho de Londres, un milagro de regeneración urbana que unido a quinientos edificios, incorpora la metáfora arquitectónica de un nicho de hierro reconocido desde 1978 como monumento histórico nacional de la USA.
En el caso particular del Soho neoyorquino, todo se montó sobre un universo de 26 manzanas, conectadas por los adoquines como los que el sábado pasado el Alcalde entregó como una realidad.
Y digo que es un hecho único en su género porque nunca antes, independiente de las múltiples exitosas y fallidas medidas que desde Planeación se han tomado para conservar el patrimonio urbanístico de la ciudad, este proyecto rompe con esa tradición de perfumar los barrios tradicionales sin conservarlos, y a pasos agigantados, pero con la certeza de dejarle a Cali un punto para el recuerdo, Éder ha logrado, con una inversión de más $20 mil millones en el marco de la renovación integral del Centro Histórico de Cali, indicarle a los caleños que si es posible hacer realidad sueños, como los que han marcado en otras ciudades del mundo, el renacer de la esperanza.
Lo que hay y lo que se palpa, además de la modernización de las redes de servicio y del espacio público, es una apuesta, que además de la renovación urbana, ha encontrado la oportunidad de fortalecer patrimonialmente al barrio Obrero con 72 murales y 12 esculturas que, a cielo abierto, le recordarán a Cali y al mundo quienes fueron los que desde la literatura, el emprendimiento, la cultura melómana salsera, definieron la idiosincrasia de la ciudad.
En los murales estarán figuras y rostros como los del Negro Catacolí, quien inventó el bailado caleño, y el Mulato, entre otros, quienes han pulido y llenado de belleza esa manera especial y única que tiene la magia de los bailarines y bailadores caleños para moverse a la manera de los pachucos mexicanos, al estilo de Resortes y Tintán o con el ritmo hipnotizante de la Tongolele, que enloquecieron a quienes en los 60 subvirtieron los bailes, que desde los clubes amenizaban los gustos de la aristocracia caleña.
El sábado pasado, el asombro acompañó a todos y el orgullo recorrió las esquinas pasando por la Matraca y el Museo de la Salsa y tocando las trompetas de Pedro Knight y los acordes magistrales de Rogelio.
El barrio Obrero será igualmente bello en lo cultural y sorprendente en lo paisajístico, pues 80 especies de árboles nativos y 40 mil plantas ornamentales marcarán un hito al que se sumarán las esculturas de Valverde y de Piper Pimienta, entre otros, y así, los visitantes respirarán ese aire incontaminado que da el verdor de la naturaleza.
El Alcalde, a quien acompañé igualmente el 19 de diciembre pasado al maravilloso concierto de Alfredo de la Fe y Henry Fiol que tocaron en el Parque del Obrero, le está diciendo a los caleños que cuando hay voluntad todo es posible y que él, como caleño raizal, ha tenido el acierto de apostarle a este proyecto como muestra de que otros sueños, como el Metro, diseñado en la administración de Ricardo Cobo, serán algún día realidad.
