Cali, julio 14 de 2026. Actualizado: lunes, julio 13, 2026 09:00
El fin del poder
Era cierto o no lo del “voto fusil”. La pregunta se la hacen miles de colombianos a raíz del plan de “desobediencia civil” propuesto por el candidato perdedor Iván Cepeda Castro, y se la hacen porque ni el CNE ni la Registraduría General se pronunciaron al respecto, dejando en el ambiente un tufillo de desconcierto porque no se sabe si eso fue real o no y prefirieron dejar eso así para evitar ires y venires en diferentes despachos judiciales que permitieran oficializar los resultados verdaderos y evitar que este posible fraude electoral causara tropiezos en el esfuerzo electoral realizado, verificando y comprobando el voto a voto en regiones apartadas de los centros urbanos.
Se cree que predominó el “deje eso así.”
Esto me recuerda cuando un pensador dijo, entre muchas opiniones, “que el poder está fluyendo de quienes tienen más fuerza bruta que los que tienen más conocimientos o, de aquellos dictadores aferrados al poder que con mentiras no quieren soltar el presupuesto o la fusta”.
¿No es esa la experiencia que estamos viviendo los colombianos con este gobierno que termina el próximo 7 de agosto? Ya lo he dicho en esta columna, que a Colombia la salvaron las Altas Cortes con la valentía de sus fallos y la lealtad de gran parte de las FF.AA. que no se dejaron cooptar; el sistema financiero y el gran empresariado que, con resiliencia y amor a la patria, resistieron el embate anticonstitucional y la asfixiante imposición de los impuestos por doquier para aburrirlos y quebrarle sus empresas.
Lo que logró Chávez en Venezuela en Colombia no se pudo.
Hoy, gran parte de los ciudadanos están mejor informados, tienen otros valores y son más conscientes. Ha ganado un outsider, porqué mucha gente abrió los ojos sobre la desgracia que nos podía aplastar como nación.
Otros, desgraciadamente, sobre todo en lugares apartados y olvidados por el poder, siguen “confiados” a los auxilios asistenciales que casi siempre se utilizan por algunos gobiernos, para comprarle sus votos sutilmente o, por presión indebida.
Por eso, esa patraña de Cepeda Castro, un senador con 52 millones de salario mensual, de querer imponer criterios políticos errados, llamando a la “desobediencia civil”, es el pataleo de un mal perdedor y de un pésimo colombiano que no quiere que el país salga de la crítica situación en que lo entregan.
A la gente buena solo le interesa recuperar la patria, vivir libremente en democracia, sin odio ni lucha de clases y mucho menos con ideologías que no tienen ni pies ni cabeza.
