Cali, enero 15 de 2026. Actualizado: jueves, enero 15, 2026 18:41
El hambre infantil no puede seguir esperando
En Cali aprendimos a medirlo todo: ejecución presupuestal, coberturas, metas, indicadores. Pero hay una cifra que debería avergonzarnos más que cualquier semáforo en rojo: el hambre que sigue tocando la puerta de demasiados hogares y, sobre todo, la de nuestros niños.
No hablo de una metáfora. Hablo de niños que crecen con menos comida de la necesaria, de madres que “estiran” el mercado, de colegios donde el desayuno —cuando llega— es la diferencia entre aprender o simplemente aguantar. Esa realidad no se ve en los informes, se ve en los barrios.
A finales de 2025, la propia Alcaldía reconocía que cerca del 38,9% de los hogares caleños presentaba algún grado de inseguridad alimentaria, es decir, casi 4 de cada 10 familias con dificultades para acceder a alimentos suficientes y de calidad.
Y cuando en una casa falta comida, el golpe no se reparte por igual: primero se sacrifica el adulto; después, sin querer, se normaliza que el niño coma menos, coma peor o coma tarde.
La evidencia en salud pública es igual de contundente y más dolorosa. En 2024, el Instituto Nacional de Salud reportó para Cali 577 casos de desnutrición aguda en menores de cinco años, con una prevalencia de 0,41 por cada 100 niños en ese grupo de edad.
No es “una estadística más”: la desnutrición aguda es un marcador de urgencia, una alerta roja que nos dice que hay niñas y niños que están perdiendo peso de manera peligrosa y que pueden enfermar o morir por causas evitables.
A esto se suma el panorama nacional: en 2024, el DANE (con la escala FIES) estimó que 25,5% de los hogares en Colombia vivieron inseguridad alimentaria moderada o grave, y que la inseguridad alimentaria grave aumentó a 5,0%.
Cali no es una isla: cuando el país aprieta, los barrios populares de nuestra ciudad lo sienten de inmediato —en el precio del huevo, del arroz, del aceite; en el arriendo que sube; en el empleo informal que no alcanza—.
Quien ha caminado estos territorios sabe que el hambre no espera a que cuadren las cifras.
Entonces, ¿qué hacemos? La respuesta no puede ser un listado de buenas intenciones ni una foto en una entrega de mercados.
El hambre infantil se combate con una política sostenida, con foco y con dientes. Propongo una salida concreta, viable y medible: un “Plan Cali: Primero los Niños”, con tres decisiones de fondo.
Primero: blindar nutricionalmente los primeros 1.000 días (gestación a 2 años). Es ahí donde se define buena parte del desarrollo físico y cognitivo.
Debemos identificar y acompañar a gestantes y menores de dos años en riesgo, con paquetes integrales: tamizaje nutricional, ruta de salud, suplementación cuando aplique y apoyo alimentario condicionado al seguimiento.
El propio INS insiste en la necesidad de respuestas intersectoriales más allá del sector salud.
Segundo: convertir la alimentación escolar en una política anticrisis, no solo educativa. El PAE es una palanca poderosa: si el niño come bien en el colegio, el hogar respira.
A nivel nacional, el Ministerio de Educación reportó en 2025 la mayor cobertura histórica del programa (82%).
debe llevar ese enfoque a su realidad: más días efectivos, mayor calidad nutricional y seguimiento público (menús, proveedores, entregas, quejas).
No se trata solo de “dar ración”, sino de asegurar proteína y micronutrientes donde más falta hacen.
Tercero: una red de seguridad alimentaria barrial con compras locales. Cali puede articular comedores comunitarios y transferencias focalizadas en los hogares con inseguridad alimentaria grave, pero con una regla clave: comprar una parte significativa a productores del Valle y del Pacífico, fortaleciendo circuitos cortos, reduciendo intermediación y estabilizando precios. Esto no solo alimenta: también genera ingreso y empleo en la región.
El hambre no se resuelve con discursos. Se resuelve con prioridades. Y la prioridad moral de una ciudad se mide por cómo trata a sus niños cuando nadie está mirando.
Cali tiene capacidad institucional, universidades, sector privado, organizaciones sociales y un músculo comunitario admirable. Lo que falta no es diagnóstico, es decisión.
Porque un niño con hambre no “espera” a que el gobierno se ordene. Un niño con hambre hoy pierde futuro hoy.
Y una ciudad que no pone a sus niños primero, termina pagando ese abandono durante generaciones.
