Cali, noviembre 4 de 2026. Actualizado: miércoles, noviembre 4, 2026 16:07
El recreo
Mi generación aprendió a aburrirse. No lo digo con nostalgia: lo digo porque resulta que aburrirse era una habilidad. Era quedarse mirando el techo hasta que aparecía una idea, o una conversación, o unas ganas raras de salir a la calle. Era el espacio en blanco donde pasaban cosas.
El 28 de octubre el Concejo de Cali avanzó en un proyecto para regular el uso del celular en los colegios para menores de trece años. Estoy a favor. Y quiero explicar por qué no creo que eso sea suficiente.
Empiezo por lo que me parece deshonesto del debate. Cuando decimos que un niño debe aprender a autorregularse, hablamos como si fuera un asunto de carácter. No lo es.
Le estamos pidiendo a un niño de once años que administre solo un aparato diseñado por adultos, por equipos de ingenieros muy bien pagados, para que sea imposible de soltar. La autorregulación es una habilidad que se aprende, y le estamos exigiendo el resultado antes de haber dado la clase.
Mientras tanto, los números del país asustan. La Encuesta Nacional de Salud Mental encontró ideación suicida en el 4,8 % de los adolescentes en los últimos treinta días: 6,4 % en las niñas y 2,2 % en los niños. Los trastornos emocionales llegan al 10,4 %. Y esas cifras se triplicaron frente a 2015.
No voy a decir que el celular causó eso. Nadie puede demostrarlo todavía y no quiero ganar una discusión con un argumento que no se sostiene. Pero tampoco voy a hacer de cuenta que entre 2015 y hoy no pasó nada.
En Cali, lo que más golpea a adolescentes y jóvenes es la ansiedad y los trastornos de conducta. Y hay algo que se señaló en un debate reciente y no se me ha ido de la cabeza: cuando analizamos por qué un muchacho deja el colegio, la salud mental no aparece en el análisis. Medimos pobreza, distancia, transporte. No medimos angustia.
No nos engañemos, prohibir no es educar. Un acuerdo que recoge teléfonos de siete de la mañana a una de la tarde y deja al papá solo a las ocho de la noche, peleando con un hijo que no quiere soltar la pantalla, no resuelve el problema: lo traslada, y lo devuelve a la casa más cansado.
Y hay algo que casi nadie está discutiendo. La pregunta no es si el celular entra al salón; en el salón hay un profesor, un tablero y una tarea. La pregunta es qué pasa en el recreo. Un recreo es ruido, negociación, alguien que queda por fuera y alguien que lo mete. Se aprende más ahí que en varias materias.
Un colegio sin teléfonos durante seis horas es, antes que nada, un colegio donde los niños tienen que volver a hablarse. Eso no es una política de disciplina. Es una política de pertenencia.
Por eso estoy a favor del límite y en contra de que el límite sea todo lo que ofrezcamos. Si vamos a aprobar esto, que venga con tres cosas. Acompañamiento a las familias, porque ese papá de las ocho de la noche también necesita herramientas. Formación para los maestros, porque un profesor con un reglamento nuevo y sin apoyo es un profesor en problemas. Y un indicador que no sea cuántos celulares recogimos, sino qué pasó con la convivencia, la atención y la permanencia escolar. Lo que se mide define lo que se logra.
Y que la salud mental entre de una vez en el análisis de la deserción escolar. Ya lo pedimos. Falta hacerlo.
Un estudio sobre bienestar emocional encontró que ocho de cada diez jóvenes universitarios han sentido soledad. Casi todos ellos tuvieron, alguna vez, un recreo.
No sé si recoger teléfonos arregle algo de fondo. Sé que veinte minutos sin a dónde mirar obligan a un niño a mirar a alguien, y que eso también es enseñar.
Así que la pregunta que me hago no es cuántos celulares vamos a recoger este año. Es qué le vamos a poner enfrente a un niño de once años el día que levante la cabeza.
