Cali, junio 26 de 2026. Actualizado: viernes, junio 26, 2026 22:41
Los militares no son un comodín
En Colombia, francamente, hay momentos en los que se juntan todos los demonios. Encima de la crisis de salud mundial y la recesión que le seguirá, acá le sumamos un recrudecimiento de la violencia que siempre nos ha carcomido. Ariel Ávila, hace unas semanas en su columna de Revista Semana, subrayaba ya casos puntales donde es claro que la violencia (otra epidemia, por cierto) está alborotada.
En la mayoría de las ciudades, los índices de inseguridad están a la baja. Pero son los mismos rincones remotos de Colombia, bajo el radar de las urbes, que siguen en remolinos de guerra. Ariel sugiere algunas explicaciones sobre por qué el país se está volviendo a desangrar. Creo que, además, falta un elemento crucial en la ecuación: el uso de las fuerzas militares en tareas puramente policiacas por parte de las autoridades locales.
En Colombia creemos que las fuerzas militares son un comodín, la herramienta más útil y fácil para cualquier tarea que nadie ha podido, quiere o sabe resolver. Eso está pasando hoy. Cali, Santa Marta, Villavicencio, Cúcuta, Soacha, Facatativá, Madrid, Mosquera, Funza, Zipaquirá, Girardot, y ahora Leticia, han recurrido en distintos grados a la militarización. Los alcaldes y gobernadores, en medio de la incertidumbre de un desafío incomparable, han visto en los militares una salida fácil para hacer cumplir la cuarentena. Pero su recursividad no es sinónimo de efectividad.
Así no implique una afectación significativa en el pie de fuerza disponible, la presión y la atención sobre otro frente adicional afectan el norte dentro de los cuarteles. Alterar las prioridades de los militares en sus funciones naturales es para el país lejano, azotado desde hace décadas por la violencia, una condena al purgatorio. Ahora ni siquiera la medida más básica, la fuerza, está concentrada en romper el dominio de la ley de la selva.
La desmovilización de las FARC, y la pandemia, no debe distraer a las FF. MM. de su responsabilidad constitucional por la “defensa de la soberanía, la independencia, la integridad del territorio nacional y del orden constitucional”. Menos hoy cuando el Estado, bajo este gobierno escéptico de los Acuerdos, ha fallado en lo mas básico: reemplazar a la guerrilla en los territorios que dejaron.
La solución ante la incomprensión de la gente, ante la falta de sensibilidad de un riesgo real, ante el susto, ante el hambre, ante el eventual desespero, no es ni puede ser un fusil en cada esquina. Para los alcaldes puede ser lo más fácil para lograr que la gente se quede encerrada. Puede que el despliegue de militares llegue a ser una medida necesaria ante situaciones realmente excepcionales de alteración al orden público, pero la Policía tiene que asumir el protagonismo, trabajar al máximo de sus capacidades en las calles, no en las oficinas, y entender que las autoridades civiles locales son quienes mandan la parada.
Disponer de las capacidades de las fuerzas militares, me dijeron hace un tiempo, es como mover la alfombra de Aladino: uno la puede mover a donde y cuantas veces quiera, pero nunca le alcanzará la tela para cubrir todo por donde vuela. Entender la metáfora es clave para reconocer que hoy, las FF. MM. deben seguir concentradas en protegernos de la otra epidemia para la que sí están llamados a controlar: los terroristas y los criminales de la Colombia profunda.
