Cali, agosto 26 de 2026. Actualizado: martes, agosto 25, 2026 21:33
Mucho más que una posesión
Durante décadas, las regiones hemos reclamado un país menos centralista. Colombia no puede seguir mirándose únicamente desde Bogotá.
El desarrollo del país pasa por reconocer el potencial de los territorios y distribuir mejor el poder político y administrativo.
Por eso resulta difícil entender que los congresistas del Valle del Cauca del Pacto Histórico hayan encabezado la oposición a que la posesión presidencial se realice en Cali.
La Cámara aprobó el traslado por 117 votos contra 7 y el Senado por 58 contra 30. Las diferencias políticas son legítimas.
Lo que cuesta comprender es que esas diferencias terminen imponiéndose sobre una oportunidad que beneficia a la región que representan.
Más allá de las simpatías que genere el nuevo presidente, la ceremonia del 7 de agosto devolverá a Cali al centro de la agenda nacional e internacional.
Durante unos días, su nombre recorrerá el mundo por un acontecimiento institucional y no por las noticias de violencia que han marcado su imagen.
A ello se suma un impacto económico nada despreciable.
Las proyecciones del sector turístico estiman entre 4.000 y 5.000 visitantes y delegaciones de cerca de 20 países, con una ocupación hotelera cercana al 80% y un impacto superior a $5.500 millones para hoteles, restaurantes, transporte, comercio y otros servicios.
Se ha hablado de costos desbordados. Los contratos del Secop dicen otra cosa: $5.950 millones, entre logística y producción técnica.
La posesión de 2022 costó $5.071 millones, que a precios de hoy equivalen a $6.778 millones. En términos reales, esta ceremonia sale 12% más barata.
Ese gasto existiría en cualquier ciudad; lo único que añade Cali son los tiquetes de los congresistas.
No es un sobrecosto: es una inversión pública cuyo retorno, por primera vez, se queda en el suroccidente y no en Bogotá.
Pero el verdadero valor de esta decisión va más allá de lo económico.
Realizar la posesión fuera de Bogotá rompe una tradición profundamente centralista y apunta a algo más de fondo: desconcentrar.
Que todos los ministerios y entidades estén en la capital concentra allí contratación, empleo calificado y demanda de servicios. Ya es hora de que otras regiones reciban parte de ese impacto.
Al debate se ha sumado otro argumento que merece una reflexión: como el Valle del Cauca respaldó mayoritariamente a otro candidato en las elecciones presidenciales, algunos consideran que no tiene sentido que la posesión se realice en Cali. Esa lógica resulta profundamente equivocada.
En democracia, los territorios no tienen dueño. Los resultados electorales no convierten una región en patrimonio exclusivo de un proyecto político.
Es cierto que el 60,82% de los votos en el Valle fue para otra opción. Esa es, precisamente, la esencia de la democracia.
Pero, concluido el proceso electoral, el presidente ya no representa únicamente a quienes votaron por él: gobierna para todos los colombianos.
El Valle del Cauca no pertenece a la izquierda ni a la derecha. Pertenece a los más de cuatro millones de vallecaucanos que piensan distinto, votan distinto y, precisamente por eso, enriquecen nuestra democracia.
Ningún partido puede reclamar derechos exclusivos sobre esta tierra ni pretender que un presidente esté vetado por el resultado de una elección.
Precisamente por eso resulta paradójico que esos congresistas hayan decidido librar esta batalla. Durante los últimos años no los vimos liderar con la misma determinación las grandes causas del departamento, ni convertir las necesidades del Valle en una causa nacional.
Sin embargo, cuando se trató de impedir que la posesión presidencial se realizara en Cali, sí encontraron motivos para movilizarse.
La sensación que queda es que, para algunos, las diferencias ideológicas terminaron pesando más que las oportunidades para el Valle.
Al final, queda una pregunta inevitable: cuando se trata del Valle, ¿qué intereses terminan prevaleciendo?
Ahora bien, tampoco conviene caer en triunfalismos. El Valle del Cauca espera mucho más que un acto protocolario.
Espera avances concretos en proyectos estratégicos como el Tren de Cercanías, la vía Mulaló-Loboguerrero, el aeropuerto del suroccidente colombiano, el dragado del puerto de Buenaventura y una agenda decidida para fortalecer la seguridad y la competitividad regional.
Y hay un desafío mayor. La verdadera descentralización no consiste en trasladar ceremonias oficiales ni en despachar algunos días desde otra ciudad.
Implica transferir competencias, recursos y capacidad de decisión a los territorios. También exige fortalecer la autonomía de departamentos y municipios, en lugar de convertir a sus gobernantes en simples tramitadores de recursos que terminan en gastos de funcionamiento.
El próximo 7 de agosto Cali vivirá un hecho histórico. Pero la historia no la escriben las ceremonias, sino las decisiones.
Porque el Valle del Cauca no necesita únicamente ser el escenario donde se posesiona un presidente. Necesita que, por fin, el Gobierno Nacional se posesione de los grandes desafíos de nuestra región. Solo entonces esta habrá sido mucho más que una posesión.
@edwinhmaldonado
