Cali, mayo 24 de 2026. Actualizado: domingo, mayo 24, 2026 16:34
Participación indebida en política
La democracia no suele deteriorarse de un día para otro. Normalmente comienza a fracturarse de manera silenciosa, cuando los ciudadanos empiezan a sentir que las instituciones dejaron de servir al interés general y comenzaron a favorecer intereses políticos.
Allí aparece uno de los debates más sensibles de toda democracia moderna, la participación indebida en política de los servidores públicos.
El tema no es menor. En un país como el nuestro, donde históricamente el poder político y el poder administrativo tiende a confundirse, resulta fundamental recordar que los funcionarios públicos no gobiernan para campañas, partidos o candidatos, gobiernan para todos los ciudadanos.
Existe una idea equivocada según la cual cualquier expresión política de un funcionario constituye una falta disciplinaria.
No es cierto. Los servidores públicos conservan derechos políticos como cualquier ciudadano, pueden votar, tener opiniones, debatir ideas y participar en la vida democrática.
El problema surge cuando el poder del Estado se convierte en herramienta de intervención electoral.
La diferencia es clara, una cosa es tener opiniones políticas y otra muy distinta es instrumentalizar el cargo para favorecer candidaturas, ejercer presiones, utilizar recursos públicos o aprovechar la autoridad institucional para alterar la competencia democrática.
Sin embargo, el debate se ha vuelto mucho más complejo en la era digital. Antes las campañas se hacían en plazas públicas, reuniones y caravanas.
Hoy muchas campañas se construyen desde redes sociales, plataformas digitales y algoritmos capaces de influir silenciosamente sobre miles de personas.
Por eso los llamados “dilemas modernos” son tan relevantes. Un “like” puede convertirse en participación política, un retuit constituye respaldo electoral, ¿Existe realmente una neutralidad absoluta?
Las respuestas no son simples. Un “like” o una publicación no necesariamente representan una falta disciplinaria, pero sí pueden ser interpretados como manifestaciones de apoyo político dependiendo del contexto, del cargo del funcionario y del impacto institucional que produzcan.
No tiene el mismo alcance el mensaje de un ciudadano común que el de un alcalde, un secretario o un gerente público durante una contienda electoral.
El verdadero desafío está en comprender que mientras mayor sea el poder de un servidor público, mayor debe ser también su responsabilidad democrática.
La Procuraduría ha advertido que cada vez aumentan más las investigaciones relacionadas con publicaciones digitales, mensajes indirectos y participación política a través de redes sociales.
Esto demuestra que el debate dejó de ser únicamente jurídico y se convirtió en un asunto ético e institucional.
Porque el daño no se limita a las sanciones disciplinarias. El daño más profundo ocurre cuando el ciudadano pierde confianza en la neutralidad del Estado.
Al final, la democracia exige algo elemental pero esencial, que el funcionario público administre recursos y decisiones, no conciencias ni preferencias electorales.
