Cali, enero 21 de 2026. Actualizado: martes, enero 20, 2026 23:16

La respuesta del ministro de Salud evidencia indolencia ante una crisis que golpea a pacientes y trabajadores.

La salud no admite burlas

La salud no admite burlas
Foto: Ministerio de Salud
miércoles 21 de enero, 2026

La crisis del sistema de salud dejó de ser un asunto técnico para convertirse en un drama humano que el gobierno nacional parece observar con distanci, pese a que las decisiones adoptadas durante la administración del presidente Gustavo Petro no solo profundizaron los problemas estructurales del sistema, sino que aceleraron su deterioro hasta niveles que hoy afectan de manera directa a millones de colombianos.

Pacientes sin atención oportuna, tratamientos suspendidos, medicamentos que no llegan y hospitales al borde del colapso componen un panorama que no admite frivolidades.

En ese contexto, la reacción del ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, frente a la denuncia de un hospital que no puede pagar salarios resulta inaceptable.

Responder con sarcasmo, diciendo que “los ricos también lloran”, no es solo una falta de respeto hacia el director de la institución que alzó la voz, sino una burla abierta para miles de trabajadores de la salud que llevan meses sin recibir su salario.

Médicos, enfermeras, auxiliares y personal administrativo sostienen el sistema en condiciones precarias, mientras desde el nivel central se trivializa su angustia.

La indolencia es aún más grave porque la crisis no es un accidente ni un fenómeno sobreviniente.

Las señales estaban ahí desde el inicio del gobierno, cuando el propio presidente habló del “chu, chu, chu”, que se interpreta como una estrategia deliberada para asfixiar el modelo existente y forzar un cambio por desgaste.

Hoy, los hechos parecen darle sentido a esa advertencia inicial. El deterioro no solo persiste, sino que se profundiza, y la sensación de intencionalidad se vuelve difícil de ignorar.

Aquí no solo sufren los pacientes que ven aplazadas cirugías o interrumpidos tratamientos vitales, también sufren los trabajadores de la salud, que cargan con la responsabilidad ética de atender, aun cuando el Estado incumple su obligación básica de garantizarles condiciones laborales dignas.

Minimizar ese sufrimiento desde un despacho ministerial es desconocer la dimensión real de la crisis y renunciar al deber de liderazgo.

La magnitud del daño obliga a mirar más allá de la coyuntura. La gran tarea del próximo gobierno será reconstruir un sistema de salud que hoy luce fracturado, y no será fácil, pues el retroceso acumulado durante estos años equivale, para muchos expertos, a borrar avances de dos décadas o más.

Recuperar la confianza, normalizar los flujos financieros, garantizar la atención y dignificar al talento humano en salud requerirá decisiones urgentes y una visión de largo plazo.


La salud no admite burlas

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