Cali, mayo 29 de 2026. Actualizado: viernes, mayo 29, 2026 18:36
No siempre es “falta de ganas”
Claves para entender cuándo un joven se está desconectando del estudio y del trabajo
No todo adolescente que deja de estudiar, aplaza la búsqueda de empleo o pasa más tiempo aislado está atravesando simplemente una etapa de pereza, desgano o desorden.
A veces, lo que parece falta de interés es el inicio de una desconexión más profunda con la escuela, el trabajo y el proyecto de vida.
Y ahí está el riesgo: cuando los adultos lo leen solo como “falta de ganas”, suelen reaccionar tarde.
Ese punto importa porque el problema no es menor.
El material base recuerda que uno de cada cuatro jóvenes en Colombia está hoy por fuera tanto del estudio como del trabajo, una situación que obliga a mirar con más cuidado las señales tempranas antes de que la inactividad se vuelva crónica.
De acuerdo con Ingrid Marcela Cuervo Méndez, docente de la Licenciatura virtual en Ciencias Sociales de Areandina, la diferencia entre una desmotivación temporal y una desconexión real está en la forma como esa inactividad empieza a reorganizar toda la vida del joven.
“Un bache puede aparecer después de una frustración puntual y aun así el muchacho conserva cierta estructura, mantiene metas y cree que puede retomar. La desconexión profunda, en cambio, empieza a romper hábitos, autoestima y vínculo con el entorno”, explica.
Una primera alerta está en los hábitos cotidianos.
Cuando el joven descuida su higiene personal, invierte por completo los horarios de sueño, pasa la noche en actividades evasivas y muestra señales físicas sin una causa médica clara, como fatiga constante o dolor de cabeza, el problema ya no debería leerse como simple pereza.
También es una señal seria que deje de participar de manera activa en sus obligaciones y empiece a retirarse de sus redes habituales de apoyo.
La señales
En el plano escolar, la desconexión suele verse en una acumulación de señales que muchas veces se normalizan demasiado: absentismo recurrente, repitencia, sobreedad, entrega mínima de tareas, poca interacción con docentes y una sensación de estar “fuera de lugar” en el curso.
Allí el riesgo no es solo el bajo rendimiento, sino lo que el texto llama una “exclusión latente”, en la que el joven sigue matriculado, pero ya no se siente parte del proceso educativo.
“Hay un momento en que el joven no solo deja de cumplir tareas o de buscar opciones. También deja de imaginarse en el futuro. Esa pérdida de perspectiva es una señal delicada, porque muestra que la desconexión ya está tocando identidad, autoestima y sentido de utilidad”, señala Cuervo.
Cuando el problema no es de actitud, sino de transición
Leer este fenómeno solo como “falta de ganas” simplifica demasiado una realidad que suele ser más compleja. El material base insiste en que la desconexión rara vez nace exclusivamente de la voluntad del joven.
También puede ser el resultado de una transición mal resuelta entre el colegio, la formación y el mundo laboral.
En muchos casos, el paso de primaria a secundaria o de la escuela al empleo no funciona como un puente, sino como una ruptura.
Ahí entran factores del entorno que a veces los adultos no ven a tiempo.
En la familia, influyen la ausencia de apoyo afectivo, los conflictos constantes o las cargas desproporcionadas de cuidado, especialmente sobre las mujeres jóvenes.
En la escuela, pesan la estigmatización, las bajas expectativas y la repitencia.
Y en el entorno económico, golpean la pobreza, la precariedad laboral y la sensación de que estudiar no necesariamente mejora las oportunidades.
A eso se suma la sobreexposición digital, el aislamiento y el desgaste emocional que dejan ansiedad, frustración o desesperanza.
Por eso, intervenir a tiempo exige una respuesta coordinada.
En la familia, el primer paso es dejar de etiquetar al joven como “vago” y empezar a ofrecer apoyo práctico y emocional.
En el colegio, no conviene esperar a que abandone para actuar: las tutorías personalizadas y las expectativas altas pero realistas pueden cortar la espiral.
Y en el trabajo, los programas de aprendizaje con acompañamiento y práctica remunerada pueden ayudar a que la entrada al mundo laboral no se viva como otro fracaso.
“Lo más importante es no reaccionar solo con regaño o presión. Cuando un joven siente que todavía hay alguien dispuesto a acompañarlo sin humillarlo, la posibilidad de reconexión aumenta. El apoyo no resuelve todo, pero sí puede evitar que la caída se vuelva más honda”, concluye la docente de Areandina.
En otras palabras, no siempre es falta de ganas.
A veces es el síntoma visible de una desconexión más profunda con la escuela, el trabajo y el sentido de futuro.
Y detectarla a tiempo puede marcar la diferencia entre una pausa que se supera y una exclusión que se prolonga.

