Cali, septiembre 10 de 2026. Actualizado: jueves, septiembre 10, 2026 13:11
A un mes del terremoto
Entre las campanas y la vida que continúa
Por Rosa María Agudelo Ayerbe
Hoy, a las 7:20 de la mañana, un grupo de vecinos del barrio Capry llegó para rendir homenaje a las 154 víctimas que dejó el terremoto hace exactamente un mes.
Era el acto central convocado por la Alcaldía. Éramos, calculo, no más de 150 personas.
Al principio sentí frustración. ¿Cómo era posible que, apenas un mes después de una tragedia de semejante magnitud, no fuéramos capaces de hacer un homenaje multitudinario?
Uno a uno comenzaron a leer los nombres de las víctimas.
154 nombres.
Escucharlos todos tomó apenas diez minutos.
Diez minutos para nombrar a personas que tuvieron familias, amigos, trabajos, sueños, rutinas. Personas que un día estaban aquí y al siguiente ya no.
Pensé entonces en lo extraño que resulta medir una tragedia en cifras. Decimos 154 muertos. Hablamos de cerca de 25.000 damnificados. Contamos viviendas afectadas, negocios destruidos y pérdidas económicas.
Pero detrás de cada número hay una historia que parece empezamos a olvidar
Las campanas doblaron por ellos
El alcalde fue el encargado de hacer sonar las campanas. Esta mañana doblaron por quienes se fueron.
Mientras escuchaba, le comenté a la persona que estaba a mi lado mi sensación por la poca asistencia.
—Es un día laboral —me respondió.
Terminó el homenaje y regrese caminando por la Autopista Suroriental.
El tráfico estaba normal. Los comercios comenzaban a abrir. Algunas personas barrían sus antejardines. Los carros iban y venían. La ciudad estaba viviendo otro jueves cualquiera.
Unos minutos antes había estado triste pensando en todo lo que perdimos. Ahora, mientras caminaba, empecé a sentir agradecimiento por todo lo que seguía en pie.
Entonces vi una peluquería. Ya estaba abierta y, a esa hora de la mañana, una persona se estaba tiñendo el cabello. No pude evitar sonreír.
La vida también continúa
Tal vez allí estaba la respuesta a mi frustración inicial.
Estas son las dos caras que nos deja una tragedia. Hay personas que partieron demasiado pronto y otras que esta mañana se levantaron para trabajar.
Hay familias que perdieron sus viviendas y otras que siguen barriendo sus antejardines.
Hay negocios que se fueron al piso y otros que volvieron a levantar la persiana.
Hay quienes todavía están tratando de entender cómo empezar de nuevo y quienes comienzan, poco a poco, a recuperar sus rutinas.
Un mes después del terremoto, Cali vive entre esas dos realidades.
No podemos olvidar a quienes murieron. Tampoco podemos abandonar a quienes perdieron sus casas, sus negocios o buena parte de lo que construyeron durante años.
Pero honrar a quienes se fueron también significa defender la vida que permanece.
Esta mañana las campanas doblaron por 154 personas. También debieron cantar por quienes sobrevivimos, por los negocios que abrieron y por las casas que se están barriendo y no demoliendo.
Y entendí que honrar a quienes se fueron y acompañar a quienes hoy sufren no significa detener nuestras propias vidas. Significa no olvidar, estar presentes, ayudar cuando podamos y, al mismo tiempo, conservar la fortaleza para seguir adelante.
Porque una tragedia también nos recuerda el valor de lo cotidiano: levantarnos, trabajar, abrir un negocio, cuidar nuestra casa, hacer planes, incluso sonreír.
Quizás una de las mejores maneras de honrar a quienes hoy libran batallas mucho más difíciles que las nuestras sea no desperdiciar la posibilidad que nosotros tenemos de seguir viviendo. Reconstruir será ayudar a quienes deben empezar de nuevo, pero también tener la fortaleza para avanzar con nuestras propias vidas.
También tenemos que sanar. Todos. Incluso quienes podemos decir que, aparentemente, no perdimos nada. Porque hay pérdidas que se cuentan y otras que no aparecen en ningún censo. Perdimos tranquilidad, certezas, rutinas y, quizás por un tiempo, esa sensación de que el suelo bajo nuestros pies era un lugar seguro.
Sanar será distinto para cada uno. Para algunos significará reconstruir una casa o un negocio; para otros, aprender a vivir con una ausencia. Y para muchos será recuperar poco a poco la confianza, volver a hacer planes, trabajar, reír y disfrutar de lo cotidiano sin sentir culpa por hacerlo.
Tal vez de eso se trate también reconstruir: de acompañar a quienes tienen que empezar de nuevo, de no olvidar a quienes se fueron y de permitirnos sanar mientras recuperamos la fortaleza para seguir viviendo.
