Cali, abril 3 de 2025. Actualizado: jueves, abril 3, 2025 20:03
Una mujer que cambió su vida ayudando a otros
Entre manualidades y fútbol: la historia de Esperanza Fino en la Comuna 7 de Cali
Esperanza Fino no espera aplausos ni recompensas. Vive en la Comuna 7 de Cali y hace de su vida un acto constante de servicio.
Su casa no es la sede de una organización ni un salón comunal, pero en sus espacios se cocina chocolate, se parte una libra de arroz para compartirla y se encienden fogones para servir comida caliente a personas que no tienen nada.
Así empieza esta historia: con un fogón prestado y una olla llena de intenciones.
Desde muy joven encontró en las manualidades una forma de sostener a sus hijos. Durante años, ese talento fue su única fuente de ingresos.
Pero cuando la economía cambió y los productos importados comenzaron a desplazar lo artesanal, perdió sus clientes y quedó fuera del mercado. La vida, sin embargo, ya le había mostrado que sus habilidades podían tener otro propósito.
El inicio de otra forma de vivir
La Fundación Asomacap fue el primer lugar donde Esperanza se sintió parte de algo más grande. En ese espacio compartido con otras mujeres cabeza de familia, encontró herramientas para afrontar la depresión que arrastraba desde hacía tiempo.
Aunque nunca recibió un diagnóstico claro, sentía que algo no encajaba dentro de ella, que la tristeza la abrazaba sin previo aviso.
Y aunque muchas veces no comprendía lo que le pasaba, entendía que otras mujeres también cargaban pesos parecidos.
En medio de esos encuentros, enseñar manualidades se convirtió en una excusa para hablar, para convocar, para construir comunidad. Con sus propias palabras, lo resume así: “Yo enseñaba manualidades, con eso llamábamos a otras mujeres”.
Con los años, su trabajo se fue diversificando. Fundó una escuela de fútbol, pensada para jóvenes que no eran aceptados en otros espacios deportivos.
Allí no se pedía plata ni uniforme. Solo ganas de participar. El balón era la excusa para conocer historias, para convencer a los muchachos de terminar el bachillerato, para que se hicieran respetar.
Esperanza lo tiene claro: cada actividad es solo una excusa. A los más pequeños les ofrece una hoja, pinturas y les dice que hagan lo que quieran.
Lo importante es hablar. Mientras pintan, les dice que deben respetar y hacerse respetar.
Su método es sencillo: crear confianza para luego sembrar valores.
Una olla, una elección
Esperanza también trabaja con habitantes en situación de y en calle. No lo hace desde una institución ni en cumplimiento de algún proyecto.
Lo hace porque siente que debe hacerlo. En una reciente actividad, preparó café, chocolate, papas, pan y sopa.
Quería que cada persona pudiera elegir qué comer. Que no fuera simplemente recibir lo que les daban, sino decidir por sí mismos.
“¿Quiere café con pan o con papas?“, preguntaba. No era solo una comida, era una forma de dignificar. Muchos de los que participaron la ayudaron a montar los fogones.
Uno de ellos incluso se ofreció a cargar cosas y prender el fuego.
A algunos voluntarios les cuesta entender ese enfoque. Una compañera quería obligar a los asistentes a bañarse antes de comer.
Esperanza se opuso. “No vine a imponer condiciones. Si quieren, se bañan. Si no, hay un plato caliente esperándolos“, sostuvo.
Para ella, lo esencial es el respeto al otro, sin invadir su espacio.
Una casa, muchas razones
Diez años atrás, la muerte de su madre marcó otro punto de giro. Al quedarse a vivir en la casa de ella junto a su padrastro, sus cargas económicas disminuyeron. Hoy es madre de una niña de diez años.
Para ella, cada historia que escucha tiene algo de la suya. Cada mujer que llega con depresión, cada joven que se siente excluido, cada habitante de calle que solo quiere ser escuchado, le recuerda que ella también pasó por ahí. Que también lloró sin saber por qué, que también sintió que no encajaba en el mundo.
El valor de estar para otros
Esperanza no necesita de cámaras ni reconocimientos.
Asegura que su mayor pago es cuando alguien le dice “gracias”. Cuando un niño la llama “profe” o cuando una mujer le confiesa que hacía tiempo no se sentía acompañada.
Reconoce que muchos no entienden por qué lo hace. Que algunos critican su trabajo o preguntan qué gana con eso.
Su respuesta es sencilla: “Si tengo una libra de arroz y la puedo partir, la parto“.
El impacto de su labor comunitaria en la Comuna 7 no está en cifras ni en informes.
Está en las personas que encontró en el camino y que, gracias a ella, decidieron seguir adelante. En las manos que se tienden, en el plato caliente que se ofrece sin condiciones, en la sonrisa del niño que aprendió a respetarse.
En su voz no hay orgullo, solo firmeza.
Y en cada gesto, la certeza de que, aun desde el lugar más pequeño, se pueden transformar vidas.